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Ambientación
Hace siglos que nuestro mundo ha dejado de creer en la magia. Sustituida por la ciencia y la tecnología, los humanos han perdido la fe en los cuentos de hadas, y los finales felices son algo que ahora solo parece existir en libros y películas.

Pero hay otros mundos separados del nuestro por un fino velo que ha sido atravesado por una oscura maldición, trayendo a un recóndito castillo entre las montañas de Alemania a un gran número de personajes pertenecientes a esos mundos de cuentos de hadas.

En un lugar conocido como el Bosque Encantado, un mundo que alberga reinos de las grandes historias de los cuentos, como Blancanieves, Cenicienta, o Caperucita Roja, el Ser Oscuro, Rumpelstiltskin, ha convencido a la Reina Malvada de que los villanos no tienen finales felices en una tierra donde la magia buena siempre triunfa, y deseando obtener el suyo, la Reina Regina ha reunido a las brujas más malvadas y poderosas de los reinos, a fin de llevar a cabo ese poderoso hechizo.

Pero el mal inevitablemente atrae a las fuerzas del bien, que intentan evitarlo. A oídos del Hada Azul llegaron las intenciones de la Reina Malvada, y tras pedir ayuda a la Reina Blanca de Wonderland, convencieron a Maléfica, Reina de las Ciénagas, para dejar de lado su rencor hacia los humanos y proteger el Bosque Encantado.

Por desgracia, ni la ayuda de aquella que fue el Hada más poderosa de todas ha podido evitar los oscuros planes de Rumpelstiltskin, y el choque de la magia negra con la magia buena que intentaba evitarlo ha provocado una ola de poder tan grande capaz de atravesar no solo el espacio, sino el tiempo y las dimensiones, afectando no solo a los habitantes de aquel mundo, sino a muchos otros, e incluso a un futuro que ahora se antoja incierto.

Ahora, todos esos seres de cuento de hadas han quedado reducidos a meros humanos en nuestro mundo, encerrados en los terrenos de un enorme castillo entre las montañas, conectado con un pequeño pueblo que hace de entrada, pero manteniéndolo separado en cierta manera, con un poderoso hechizo que impide a la mayoría entrar o salir.

Pero las cosas no han salido como todos esperaban. Rumpelstiltskin puede ser ahora el dueño de todas esas tierras, pero no es capaz de abandonarlas, y el "final feliz" de la Reina Malvada ha quedado eclipsado al ver que, en lugar de estar al mando como Directora de la universidad, hay otra persona en su lugar, Maléfica. La magia de las hadas logro en el último momento modificar en parte el hechizo, y aunque la mayoría de los héroes han perdido sus finales felices, gracias a ellas mantienen su libre albedrío, teniendo la oportunidad de reencontrarse y recuperarlo.

En un mundo sin magia, donde todos creen ser personas normales, solo unos pocos recuerdan de dónde vienen, quiénes son, y la necesidad de traer de vuelta la magia a este lugar donde todos parecen haberla olvidado.

Dependerá de cada uno escoger su nuevo camino, tener el valor para recuperar la felicidad que han perdido, o comenzar de cero, mientras se pone aprueba si aún queda algo de magia que despertar en este mundo, y si los cuentos de hadas pueden formar parte de la realidad.
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Mensaje por Evie Appleby el Vie Jun 07, 2019 9:18 am

Si había algo para sacar en claro de aquella situación en la que nos habíamos metido era que nos habíamos metido en un embrollo de los buenos: una escuela completamente diferente en un mundo nuevo con todos estos datos en mi cabeza de una vida que no me pertenecía y que casi parecía que hubiera memorizado como un espía secreto para tomar la identidad de alguien más en un mundo donde la magia no existía.
 
Pero lo peor de todo por mucho tenía que ser el trauma de haber despertado aquí con un traje de vestir digno de un funeral, con un moño muy ajustado y mi cabello tan soso como el de todas las princesas de Auradon la primera vez que llegamos. ¿Se suponía que esto era una dimensión infernal? Porque sin duda me podría haber sentido en una dimensión infernal si no fuera porque todos mis amigos venían conmigo, y parecían recordar tanto como yo nuestra vida de origen.
 
El plan de acción era simple y difuso a la vez: volver a casa. ¿Cómo lo haríamos? Eso aún estaba en la mesa de discusiones, lo que estaba claro es que debíamos pasar desapercibidos y actuar nuestros papeles. Claro, para Mal y el resto era fácil decirlo: ellos no usaban una ropa de actuaria. Así que tras hablarlo un poco me inventé una crisis de rebeldía por malas influencias para mi nueva identidad (sólo en caso de que alguien “me conociera”) y recurriendo a algunas manipulaciones en la zona de la universidad, me pude hacer con algunos contrabandos esenciales y pronto mi color de cabello negro azabache se escurrió por el drenaje para dejar paso a un azul vibrante para ayudarme a sentirme un poco más como yo.
 
Tras eso y retocar un poco mi armario con el contrabando extra, no pude evitarlo y me puse a buscar a mi madre. Por lo que habíamos podido descifrar hasta ahora, estábamos en el pasado pero a la vez no era nuestro pasado o algo así... era un asunto confuso y francamente poco interesante. A mí sólo me importaba una de las cosas que ello implicaba: mi madre estaba en algún lugar de ese sitio. La orgullosa Reina Malvada antes de que se transformara en quien yo conocía como mi madre y, aunque no podía revelar mi identidad, lo cierto es que no podía quitar mi curiosidad.
 
Demoré más de lo que habría esperado en encontrarla; esa escuela era terriblemente enorme y mi primera impresión había sido buscarla en la dirección… sin mucho éxito. ¿Qué papel ocuparía una mujer como ella? Lo cierto es que no tenía idea. Era orgullosa, o más bien la mujer que yo conocía lo era, por lo que supuse que ese era su lugar, pero de nuevo: si este fuera un sitio para obtener lo que quieres no sería un sitio sin magia y yo no habría aparecido como una aspirante a vendedora de la Atalaya. Por esto mismo busqué en cambio en el lugar que menos esperaría verla y tampoco tuve éxito. Casi estaba por darme por vencida, caminando de vuelta al dormitorio que compartía con Mal cuando la vi cruzando el jardín.
 
Estaba más o menos a veinte metros de mí, quizá treinta; pero reconocería ese andar elegante y esa barbilla alzada en un gesto de obstinación y lastimado orgullo en donde fuera. Por un momento no supe hacer nada más que verla. Era bellísima, ¿cómo podía una mujer tan hermosa llegar a acabarse tanto en unas cuantas décadas? El camino giraba a unos diez metros de mí y eso significaba que ella se acercaría… pasaría a mi lado.
 
—No, no tengo la fuerza… creí que sí pero no. Voy a decir todo como no tenga cuidado— podía sentir las palabras acumulándose sobre mi lengua, casi haciendo fila, una que recorría toda mi garganta y llegaba al nido de mariposas enfurecidas que normalmente era mi estómago. Mal tenía razón, esto era peligroso. Sentí pánico al verla girar y lo que mejor se me ocurrió hacer fue correr directo hacia un árbol al lado del camino y refugiarme tras él con esta estúpida sensación de que las palabras acumuladas en mi garganta me evitaban respirar con normalidad. Quería dejarme caer al suelo y quedarme ahí hasta que pasara, y sin embargo ahí estaba mirando cómo mis manos rebuscaban en mi bolso que me había acompañado desde Auradon hasta aquí y que era la viva imagen de la caja en la que la Reina Malvada pretendía meter el corazón de Blancanieves en aquella vieja película que ni siquiera había visto pero conocía muy bien.
 
Mis manos rebuscaban en el interior de ese bolso hasta dar con mi espejo mágico… el espejo de mi madre que seguramente había visto mejores días y aunque sentía ganas de echar a correr, en cambio asomé el espejo para intentar buscar a mi madre antes de que pasara por aquí en un intento de verla más de cerca. «Jefa de estudios», el pensamiento fluyó en el fondo de mi mente como una burbuja atrapada en el fondo de un vaso mientras intentaba buscar su imagen con mi pulso tembloroso. ¿No debería haber pasado ya? Calma Evie.
 
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Mensaje por Regina Mills el Sáb Jun 08, 2019 2:20 pm

-¿¡Pero cómo se puede ser tan torpe!?-dije empujando al alumno que acababa de chocar conmigo derramando parte de su café en mi carísima blusa nueva. Intenté estirar la prenda para observar mejor los daños, pero aquello tan solo me enfureció más. Levanté la cabeza y vi a aquel bobo mirándome con una mezcla de miedo e incredulidad-. ¿Se puede saber qué haces ahí parado? ¡Largo! -no tuve muy claro si fueron mis palabras, mi tono o mi expresión iracunda lo que hicieron que saliera corriendo por el pasillo dejando un rastro de pequeñas gotas marrones tras él.- Maldita sea.

Mire alrededor y descubrí que alumnos y profesores me miraban con curiosidad al pasar cerca de mí. Debía volver a mi habitación y cambiarme, bajo ningún concepto podía asistir a la reunión de la tarde con aquel aspecto ni dar aquel espectáculo en mitad del vestíbulo. Lo que más me enfurecía era que aquel imbécil ni siquiera había musitado una disculpa antes de irse, simplemente había puesto pies en polvorosa antes de que se me ocurriera un castigo.

Recomponiendo los pequeños pedazos de dignidad que se me habían caído con aquel accidente di la vuelta y enfilé el camino de vuelta a mi dormitorio. Genial, una blusa nueva que tendría que tirar, ni en broma dejaba aquella prenda en manos de los ineptos de la lavandería, y la tintorería cerraba los viernes por alguna extraña e incomprensible razón.
Aquella situación tan solo había agravado mi ya de por sí mal humor. Desde el incidente de la despensa con Robin vagaba por los pasillos pensando y recordando los instantes en sus brazos, los besos en el baño de aquel pub y nuestra nueva situación como amigos. No entendía por qué aquello me molestaba tanto, al fin y al cabo era yo quien rechazaba la idea de una relación. Pero no podía evitar que la sangre me hirviera cuando alguna profesora medianamente atractiva se le acercaba meneando las caderas y sacudiendo su melena.

Cerré los ojos al llegar a mi habitación. Calma Regina, sabes que lo más importante ahora es conseguir saber lo que ocurrió con tu hechizo. Debes concentrarte en escalar hasta la dirección pisoteando algunos molestos insectos por el camino, aunque eso signifique asistir a las dichosas reuniones de personal.
Abrí el armario y escogí un sencillo vestido negro de cuello barco con cinturón metálico dorado y me puse los mismos zapatos claros que había llevado. Me miré al espejo, todavía tenía tiempo hasta la tarde, podía arreglarme un poco más aprovechando aquella pausa inesperada. Cogí un pintalabios nude y retoqué ligeramente mi maquillaje antes de agarrar mi perfume de esencia de manzana. Ahora si que estaba lista. Antes de salir cogí el bolso oscuro que había dejado en el tocador y tiré a la basura mi blusa ahora estropeada. Pensaba encontrar a aquel maldito crío y meterlo en el servicio de limpieza durante tres semanas.

De nuevo volví a enfilar el camino hacia el despacho. Al menos los días de lluvia habían quedado atrás y podía disfrutar de los primeros y reconfortantes rayos del verano antes de que hiciera demasiada humedad como para rizarme el cabello.
Mientras atravesaba el jardín por el rabillo del ojo noté una figura que comenzó a correr. Al girar la esquina me pareció ver un destello azulado ocultarse tras el manzano que había justo debajo de la ventana de mi dormitorio. Si no hubiera sido por el reflejo de luz que me dio de lleno en los ojos habría pasado de largo. Pero como ya iba malhumorada aquello solo hizo que me molestase más, necesitaba desquitarme un poco con alguien antes de volver al despacho.
Me desvié de mi camino y di la vuelta al tronco solo para encontrar a una joven con un horrendo y llamativo cabello azul espiando por un espejo de mano roto. Un momento, ¿aquello que tenía en las manos era mi espejo?

-Jovencita, ¿no le han dicho nunca que robar es un delito? -la miré de arriba a abajo sin molestarme en ocultar mi disgusto ante su elección de vestuario y aquel espantoso pelo.

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Mensaje por Evie Appleby el Sáb Jun 08, 2019 7:43 pm

Pese a que estaba segura de que era ella, parte de mí aún pensaba que debía tratarse de alguien más. Quizá la estaba confundiendo en mis ganas por verla. Mi corazón latía tan fuerte que podía escucharlo en mis oídos como si se hubiera subido ahí y decidido crear una fiesta de rock pesado con mis tímpanos como tambores y mi pulso no ayudaba en lo más mínimo para intentar encontrarla. Quizá por eso fue que no noté que en vez de pasar por el lado del árbol y seguir su camino, ella había rodeado el tronco por el otro lado y no fue hasta que escuché su voz que brinqué en mi lugar y giré para verla, poniéndome firme como una tabla, escondiendo con docilidad las manos tras de mí y bajando la cabeza… ella tenía ese efecto en mí.

—¡Por dios, ma…!— me llevé una mano al pecho suspirando y me interrumpí al notar lo que iba a decir —Señorita, me asustó— Casi cometo el error de llamarla mamá, no era extraño en absoluto, pero… suponía un problema serio para mí. No podía discutir más conmigo misma que no era ella; esa voz me trajo escalofríos mezcla de miedo, amor y expectativa por un regaño. Ella siempre ponía ese tono cuando yo hacía algo mal, que era de los pocos momentos en estaba plenamente consciente de mi presencia en su casa.

Por unos momentos la miré embelesada: de cerca era aún más hermosa que de lejos y podía ver a mi madre en sus ojos… al menos en parte. Era una sensación extraña esta de estar parada frente a alguien que creía conocer tan poco pero a la vez encontrar tanta familiaridad en esa mirada, en esa voz… incluso en el modo en que se paraba para imponer más respeto e intimidar. Claramente había cosas que no cambiarían en su carácter jamás. Sólo entonces recordé que me había hecho una pregunta y fruncí el ceño con sorpresa, con mi ensayado gesto de quien se siente insultado por una acusación semejante. Sabía que eso normalmente no funcionaría porque ella me lo había enseñado, pero ella aún no era mi madre así que... valía la pena intentar.

—Disculpe pero… yo no he robado nada. Debe estarme confundiendo con alguien más— comenté con un tono dulce y batí mis pestañas con dulce inocencia, maldiciéndome por no haber pensado en algo mejor para decir.

Claro que sí, Evie, seguro hay muchas chicas vestidas como tú entre tantos alumnos aburridos para confundirte. Si ya le habían reportado los “prestamos” en el área de cultura de belleza estaba claro que lo sabía. Mis palmas sudaron con nerviosismo, no podía quitarme la sensación que me gritaba que mi madre me atrapaba en una mentira con facilidad, no se lo creería. Tuve que presionar más fuerte el espejo para que no se callera. ¡El espejo! Por supuesto, mi espejo o mejor dicho el de mi madre. ¿Sería posible que lo hubiera traído a este mundo? Bien… sólo quedaba algo por hacer, era arriesgado pero quizá me lo creyera si lo hacía bien.

—Oh ¿Se refiere a esto, cierto?— saqué el espejo detrás de mí y lo puse frente a mí, tomándolo entre mis manos con fuerza por si intentaba arrebatármelo. Como mi propia madre había dicho el día que partí para Auradón y me lo entregó: ese espejo había visto mejores días y se veía claramente que el daño en su superficie no era un golpe reciente, de hecho el marco estaba despintado por el desgaste y el uso. Mi esperanza era que viera las diferencias y no las similitudes y para eso le dediqué una sonrisa encantadora como sólo yo sabía hacer.

—Este espejo pertenecía a mi madre, es una herencia familiar. Le aseguro que no se lo robé a nadie— no fui consciente del cariño en mi voz cuando dije a quién había pertenecido, pero en parte sólo ayudaba más a darme credibilidad. Tenía esperanza de que con eso bastara, pero en el fondo algo me seguía gritando que no me creería, y por esto mismo estaba lista para echar a correr si ella intentaba tomarlo.

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Mensaje por Regina Mills el Dom Jun 09, 2019 6:46 pm

Me paré ante ella y la miré de arriba a abajo, definitivamente tenía que instaurar un código de vestimenta en aquel lugar. No podía permitir que los críos se paseasen por ahí con el cabello de un dibujo animado, por no decir que había conjuntado unas mallas con una falda y unos botines con tachuelas. Aquello si que era un crimen para la moda. Aunque lo que encendió aún más mi ya de por sí molesto carácter fue el hecho de que intentaba espiar por detrás del árbol a través de un espejo de mano, de mi espejo de mano.

-Eso está claro -dije sin amilanarme. A mí nadie me robaba, y menos una niña en plena etapa rebelde. Había aplastado corazones y quebrado mentes por mucho menos, no pensaba permitir que una simple muchacha cogiera una de las pocas cosas que me recordaban la reina que había sido.

Pasé por alto el pequeño tropiezo de palabras que sufrió, seguramente se debiera a los nervios por haberla pillado en pleno crimen. Lo que no pude soportar fue aquella falsa mueca de inocencia. Por favor, como si unos pocos pestañeos y una mirada de cordero degollado pudieran funcionar conmigo. Yo había inventado aquella mirada y la había usado cientos de veces, no tenía poder sobre mí.
Arqueé una de mis perfectamente delineadas cejas y la miré con impaciencia y disgusto. Aquello ya pasaba de castaño oscuro. No solo se atrevía a quitarme una de mis más preciadas posesiones sino que, además, tenía la desfachatez y la poca vergüenza de atreverse a negarlo cuando yo misma podía ver cómo la ocultaba en la palma de su mano.

Fue entonces cuando pareció dejar de mirarme embelesada y recobró parte de la compostura. ¿Por qué diablos me había comenzado a observar de aquella forma? Lo último que hacía la gente cuando los miraba desde la altura de mis tacones con aquellos ojos asesinos era contemplar mi rostro de aquella manera. Definitivamente era una muchacha peculiar, y aquello me sacaba de mis casillas.

Al fin se dio cuenta de que no podía negar la evidencia, no podía mentirme a la cara y esperar irse de rositas. Pero entonces me sorprendió con una nueva réplica. ¿Una herencia? Como si aquello fuera posible, solo existía un espejo como aquel y debería estar dentro de mi bolso.

-Mira, no tengo ni idea de quién eres -dije imprimiendo veneno en cada palabra-. Pero si esperas que me crea que… -pero entonces vi que el espejo que sujetaba estaba roto y desgastado-. ¿¡Qué diablos le has hecho a mi espejo!?

Pude notar el momento en el que mis mejillas comenzaron a teñirse con un rubor escarlata y mis manos, inconscientemente, comenzaron a rebuscar en mi bolso intentando inútilmente encontrar el espejo. Era como si tuvieran la fútil esperanza de que, mágicamente, apareciera en mis manos. Por eso me sorprendí cuando toparon con algo duro, redondeado y liso.

-Es imposible -saqué la mano del bolso. Desde la superficie del espejo una mirada colérica me observaba-. ¿Pero cómo…?

Pude notar cómo la ira abandonaba mi cuerpo dejando paso a la incertidumbre. ¿Qué estaba pasando allí? ¿Por qué una niña de instituto tenía una copia de mi espejo que, además, parecía más antigua y estropeada?

-¿Quién eres?

Mis manos aferraban tan fuerte el borde metálico que los nudillos comenzaron a ponérseme blancos.

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Mensaje por Evie Appleby el Lun Jun 10, 2019 8:20 am

Debí echarme a correr en cuanto tuve la oportunidad, ahora estaba parada frente a ella… mi madre. Se veía tan espléndida con ese hermoso vestido entallado y sencillo, siempre diré que su color es el negro pero lo cierto es que a la mujer que estoy viendo frente a mí, le sentaría bien cualquier color. ¿Cómo podría no decirle todo en cuanto abriera la boca?

En cambio ella me miraba con desaprobación y eso era nuevo para mí. Nunca le había interesado lo suficiente para que me juzgara con la mirada de aquel modo; enfrascada siempre en sus sueños de venganza y planes malvados para cuando saliera de la isla. De verdad era una mujer completamente diferente a la que era antes…. ¿O sería después? ¡Dios! Este asunto de viajes en el tiempo se volvería frustrante muy rápido. Tonta de mí, creí que fingir inocencia surtiría efecto. Debí saber que ni ahora ni antes ni después la haría caer con eso, pero supongo que no sabía a qué grado había disminuido su mal carácter. Pero si algo estaba claro es que ese alzar de cejas suyo me era más familiar que el cielo mismo: impaciencia. Otros chicos en esta aburrida escuela debían temblar de miedo ante esa expresión, estaba segura. La reina malvada en plenitud, en cambio a mí me hacía sentir… ¿nostalgia? Mis manos sudaban y eso me hizo darme cuenta de a qué se refería: había visto el espejo.

Intenté inventar una excusa para el porqué lo tenía pero ella no escucharía nada de eso. Piensa, Evie, Piensa… no quedaba más qué hacer para convencerla: le lo mostré esperando que notara las diferencias, pero por supuesto, no fue así. Sus mejillas se tiñeron de un rojo que ni su pálida base de maquillaje perfectamente escogida pudo cubrirlas y pese a eso no retrocedí ni mis manos temblaron; no era ni mucho menos el peor carácter que le había visto a mi madre. En un mal día destrozaba espejos y arrojaba cosas que estuvieran a su alcance como si intentara darle a alguien invisible sólo para descargar su creciente frustración y asco de estar en la isla. En vez de acobardarme, por una vez inspiré armándome de valor ante ella.

—Ma…Señorita… ¡Mills! Eso… Señorita, por favor respire profundo o tendrá un ataque de pánico— y mi gran acto de valor fue… murmurar tímidamente que se calmara, ¡Bravo por mí! Parecía que quería estrangularme y no pude evitar preguntarme si así es como la veían los que le temían. Tantos años había querido ser la más bonita del reino para que se fijara en mí como se había fijado en Blancanieves, y en cierto modo sentía algo de orgullo dentro de ese temor. Mi madre era aterradora de verdad viejo orgullo de villana, supongo.

Contemplé la idea de huir mientras podía, ¿qué me haría? ¿Expulsarme? Ni siquiera sabía mi nombre o si iba a la universidad o a la secundaria y esta escuela era enorme, si yo me lo proponía y pedía la ayuda de mis amigos, no volvería a encontrarme con ella…. Pero yo no quería eso, así que volví a ponerme firme para evitar que mis pies se pusieran en marcha sin mi permiso. Y entonces las manos que mi madre había estado moviendo frenéticamente en su bolso se detuvieron y me miró como si acabara de volver a un alumno en un conejo. Mi sonrisa ladeada afloró con cierto alivio pero la sonrisa inocente que dejaba ver cierto orgullo escondido debajo era más predominante que el alivio.

—Le dije que todo había sido una inocente equivocación— necesité de toda mi fuerza de voluntad para no humedecerme los labios o suspirar, olvidando que esta mujer no conocía mis tics sutiles cuando mentía, parte de mí igual esperaba que me mandara castigada a alimentar a los cuervos que obstinadamente se posaban en lo alto de la casa y aunque no haría eso, sí que podía preguntarme cosas… No por favor, no me hagas preguntas, no sin Mal para taparme la boca —Bueno, si eso es todo, ma… Señorita Mills, yo… tengo que regresar a mi dormitorio ahora— sugerí en un tono agudo mientras me giraba lista para irme cuando preguntó quién era. Eso me hizo detenerme en seco. Solté un suspiro largo, buscando a la actriz dormida dentro de mí, evoqué una sonrisa amable de esas que me salían tan bien que casi podría parecer que las hacía desde siempre y volví a girarme.

—Yo… soy Evie. Es decir, Evelinne. Appleby. Evelinne Appleby— la miré sin pestañear volviendo a contenerme para no humedecer mis labios, definitivamente fingir demencia era la única opción, Mal ya lo había dejado muy claro, no podía decirle a nadie, menos a mi madre así que lancé un reto a mi madre y a la propia maldición deseando tener suerte —Si… si aún lo necesita, estoy segura que en mi expediente está el número de mis padres, ellos podrán confirmarle lo de la herencia familiar. Por supuesto, eso sí responden; están en conferencias y reuniones casi todo el tiempo— me encogí de hombros con inocencia alcanzando una ceja como quien se sabe inocente de todo, ¿qué haría? ¿Los llamaría?

Solo hasta entonces se me ocurrió que ella podría exigir que fuera con ella a buscar el expediente y que me haría más preguntas (no, por favor, no) o que se saltaría lo de la llamada y me castigaría igualmente pese a haber encontrado el espejo. Ese pensamiento me hizo torcer la boca ligeramente, definitivamente sería algo propio de mi madre. Mi corazón latió con fuerza ante esa posibilidad, sin saber si era de miedo o de ansias; estaba muy preocupada guardando las apariencias para poder saberlo.

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Mensaje por Regina Mills el Lun Jun 10, 2019 12:57 pm

He de reconocer que aquella chiquilla había conseguido alterarme. Ya estaba irritada desde antes de toparme con ella, pero ver mi espejo en su mano y aquella expresión de sorpresa e inocencia encendieron mi corazón. Tuve que armarme de paciencia para no gritar en medio del campus. Por favor, mi mal humor no podía justificar una salida de tono como aquella. Una reina debía permanecer siempre impasible e imperturbable.
Podía notar la forma en que mi piel bullía de rabia, ¿cómo se atrevía a robarme a mí? Estaba claro que no imponía como antes, que el no tener magia me estaba pasando factura más rápidamente de lo que había previsto. No podía permitirlo, debía volver a imponerme y sembrar el terror para que aquello no volviera a suceder. Y si para hacerlo tenía que llevarme por delante a aquella muchacha así sería.

Por unos instantes conseguí mantener la perfecta fachada que había construído, pero en el momento en el que dejó ver mi espejo, ahora quebrado, noté la ira circular por mis venas. No solo había robado uno de los pocos recuerdos que tenía de mi larga etapa como reina malvada y hechicera oscura, sino que además había sido capaz de romperlo y restregármelo por las narices.
No estoy orgullosa de la forma en la que exploté, no era propio de mí. Mas ver mi adorado espejo agrietado y envejecido fue un duro golpe. Tras él habían innumerables recuerdos, sentimientos y sensaciones que habían comenzado a aflorar y fraccionarse en el momento en el que mis ojos se posaron en su superficie. Mis manos comenzaron a moverse nerviosamente por el pequeño bolso de mano oscuro mientras mis ojos, iracundos y malévolos, intentaban atravesar el cráneo de la chica, como si tan solo con eso pudiera convertirla en cenizas. Cual fue mi sorpresa al toparme con mi espejo, intacto y prácticamente nuevo. No podía creerlo, estaba allí ante mis ojos.

Me recompuse rápidamente y miré a la chica con suspicacia. Aquello era imposible, no existía un espejo como el mío, yo misma lo había forjado con magia para atrapar al genio dentro de él. ¿Cómo podía alguien como ella tener uno idéntico? Ni por un momento me creí la excusa de la herencia. Estaba pasando algo extraño y pensaba descubrir lo que era.
Allí estaba de nuevo aquel tropiezo al hablar, ya habían sido tres las ocasiones en las que parecía refrenarse al hablar. ¿Qué quería decir? ¿madame? ¿majestad?. Un momento… ¿majestad? ¿Y si acaso ella podía recordar…? No, era imposible. Pero también parecía increíble que poseyera un doble exacto de mi espejo que, sin embargo, podía ver ante mis ojos.

-Te vienes conmigo -algo en su historia no encajaba. Algo dentro de mí me decía que no decía la verdad, o al menos no toda. Notaba en mi interior una sensación de familiaridad extraña, como si conociera cada expresión de su cara, cada gesto y cada intento inútil por mentirme.-. Ya.

Eché a andar sin volverme atrás, por alguna extraña razón sabía que me seguiría, que haría lo que yo le dijera. Todavía no estaba segura de si me tenía miedo, respecto u algo más, pero pensaba averiguarlo. Algo no estaba bien, no encajaba en el orden alterado de aquel lugar. En mi interior sentía que aquella adolescente escondía algo importante, alguna cosa que debía saber.

Mientras atravesábamos los jardines ignoré a los demás estudiantes que nos miraban con curiosidad y se apartaban de mi camino en cuanto me veían llegar. Por suerte parecía que aquel pequeño acto de rebeldía se había limitado a aquella joven que me seguía como un perrito faldero, me alegraba comprobar que todavía se me reconocía como lo que había sido.
No pude evitar echar una mirada al campo de equitación que se se extendía un poco más allá de los límites del jardín. La silueta de Robin era perfectamente reconocible entre la masa de caballos y alumnos que le escuchaban atentamente. Mis pies comenzaron a aminorar la marcha mientras mi corazón comenzaba a golpearme violentamente el pecho. Cuanto me gustaría volver a estar pegada a él, notar sus brazos envolviéndome el cuerpo y sus labios devorando los míos. Sacudí la cabeza, no era el momento para estúpidas ensoñaciones, tenía cosas que hacer.

-No te pares -le dije a la tal Evelinne mientras retomaba el camino hacia el despacho

Cuanto más pensaba en aquella chica más extraño me parecía todo. Evie, ese había sido el primer nombre que había dicho, ¿por qué me resultaba tan familiar?
Llegamos al despacho y dejé que entrase antes de cerrar la puerta con llave y volver a cruzarme de brazos. Seguía pensando que me había reconocido. Podía ver un brillo extraño en sus ojos, una especie de espectro del pasado que me decía que nos conocíamos.

-Voy a ser muy clara contigo -dejé el bolso detrás de mi mesa-. No aguanto las mentiras -no me senté en mi silla, prefería mirarla desde aquella posición ventajosa que me ofrecían mis tacones.-. Así que dime, Evelinne. ¿De qué me conoces? Y no te molestes en decir que todos los de esta escuela saben quién soy.

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A la sombra del manzano {Regina Mills} Empty Re: A la sombra del manzano {Regina Mills}

Mensaje por Evie Appleby Ayer a las 8:08 am

De nuevo, el acto de inocencia no pareció hacer más que enojarla. Definitivamente era mi madre, nunca había logrado enojarla así, eso era nuevo en ella, pero su enojo siempre terminaba siendo algo con lo que lidiaba yo, y en mayor medida por verse dentro de una isla sin poder usar ningun tipo de magia… no me había planteado la idea de que ella odiara la isla tanto como lo hacía yo y no solo por querer venganza. Pero lo cierto es que no era la explosión de temperamento más fuerte que le había visto hacer y aunque tenía miedo y quería huir, me quedé.

Y de repente, tras esa ira y esas ganas de asesinarme vi… nostalgia. La sentía lo suficiente como para reconocerla, ¿de verdad ese espejo significaba tanto para ella? Es decir, obvio era importante: era el espejo de la reina malvada, era importante para todos. El Hada azul misma me lo había dicho cuando había sugerido ponerlo en el museo junto con su varita, pero no había podido hacerlo… en el fondo era lo único que me la recordaba y, aunque ella no me quisiera del modo tradicional, yo la quería más de lo que le temía. Cierta pizca de esperanza se encendió dentro de mí al pensar que me había dado algo importante para ella pero… quizá simplemente era que en la isla ya nada le era importante; ni siquiera el espejo.

Me humedecí los labios y sonreí a mi madre cuando se recompuso tras encontrar el espejo, como si mi batir de pestañas coqueto e inocente fuera a desaparecer su recelo hacia mí. En el fondo sabía que no era el caso, aunque no supiera quién era. Y por eso me atreví a hacerme la tonta, ofreciendo que llamara a mis padres, sin pensar que si éstos no contestaban, principalmente por no existir, sólo sospecharía más.

Me llevé las manos a la espalda para entrelazarlas y poder reprimir las ganas de removerme nerviosa ante la intensa mirada de mi madre, hasta que ésta finalmente anunció lo que quería: que la siguiera. Abrí la boca para protestar pero la cerré al saber que no serviría de nada, a ella no le importaría que tuviera cosas que hacer, aún si era con un profesor. Miré a mi alrededor, quizá con suerte pudiera encontrarme con Mal para que me sacara de este predicamento, pero no… por ahora estaba sola y en cambio la seguí como un dócil corderito.

Pude haberme dado a la fuga ahí mismo pero nadie quería ver la ira de la reina malvada… menos yo, por lo que no lo intenté, bajé la mirada y comencé a repasar mi libreto mental por si me hacía preguntas sobre mi vida en este mundo y por esto no vi que disminuía el paso hasta que casi choco con ella. Levanté la mirada para observarla: ella veía hacia el… ¿campo de equitación? Estiré el cuello con curiosidad. Nada…. Nada hacía que mamá se detuviera cuando iba a torturar a alguien, ¿qué la había hecho disminuir el paso? La clase parecía en marcha… quizá estaba esperando ver más alumnos comportándose mal para hacer una tortura en grupo… no… esto era diferente. La miré con curiosidad y cuando retomamos el camino eché una mirada más hacia aquel campo por si acaso encontraba algo raro, pero no vi nada.

Entrar a su despacho fue como un golpe de sensaciones contradictorias: era tan familiar que lo sentía acogedor pese a que fuera de un estilo frío y elegante, y aunque ese sitio parecía intimidante casi podía imaginarme sentada en el diván romano en tapicería blanca con motivos negros… quizá algo más raído y destartalado, mientras mi madre hablaba por millonésima vez sobre sus planes de venganza y cómo destruiría todo lo que el rey Bestia amaba. Mi instinto primario fue caminar a ese diván, pero en cambio me quedé parada en medio de la oficina mirándola cerrar la puerta y cruzarse de brazos analizándome, entrelacé mis dedos en la espalda para mantener mis manos quietas, sin poder evitar seguirla con la mirada como si fuera una celebridad famosa… mi madre… con ese orgullo, esa pasión, incluso ese carácter.

—Le aseguro que no le he mentido en nada— por el momento al menos, era verdad, pero entonces me soltó una pregunta que me hizo mirarla con los ojos muy abiertos por un segundo antes de poder corregirlo en un gesto de confusión.

—No sé qué quiere que le diga si no es eso, señorita. Todos de verdad saben quién es usted: la jefa de estudios y la mujer de la que deben cuidarse si esperan terminar el año sin problemas; alguien con quien no se debe jugar. Y se lo aseguro, no era mi intensión que creyera que yo jugaba con usted. Simplemente me escondí al verla acercarse porque… me puse nerviosa— suspiré, sabía que si pretendía salirme con la mía tendría que ser con verdades a medias y ninguna mentira descarada: mi madre olía las mentiras. Me humedecí los labios antes de agregar:

—Usted… no se veía de muy buen humor y yo… no quería problemas pero… quería comprobar esos rumores yo misma, ver a esa mujer temible y elegante que es mencionada a cualquier alumno y la sonrisa se borra de su rostro— sonreí de lado con cierto orgullo, lo cierto es que… sabía de la fama de mi madre, todos lo sabían, pero… creo que nunca había visto esa chispa en ella. Esperaba que eso la complaciera lo suficiente para dejar de sospechar. Las palabras “soy tu hija” bailaban tentadoramente en mi lengua y no quería soltarlas sin querer.

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