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Hace siglos que nuestro mundo ha dejado de creer en la magia. Sustituida por la ciencia y la tecnología, los humanos han perdido la fe en los cuentos de hadas, y los finales felices son algo que ahora solo parece existir en libros y películas.

Pero hay otros mundos separados del nuestro por un fino velo que ha sido atravesado por una oscura maldición, trayendo a un recóndito castillo entre las montañas de Alemania a un gran número de personajes pertenecientes a esos mundos de cuentos de hadas.

En un lugar conocido como el Bosque Encantado, un mundo que alberga reinos de las grandes historias de los cuentos, como Blancanieves, Cenicienta, o Caperucita Roja, el Ser Oscuro, Rumpelstiltskin, ha convencido a la Reina Malvada de que los villanos no tienen finales felices en una tierra donde la magia buena siempre triunfa, y deseando obtener el suyo, la Reina Regina ha reunido a las brujas más malvadas y poderosas de los reinos, a fin de llevar a cabo ese poderoso hechizo.

Pero el mal inevitablemente atrae a las fuerzas del bien, que intentan evitarlo. A oídos del Hada Azul llegaron las intenciones de la Reina Malvada, y tras pedir ayuda a la Reina Blanca de Wonderland, convencieron a Maléfica, Reina de las Ciénagas, para dejar de lado su rencor hacia los humanos y proteger el Bosque Encantado.

Por desgracia, ni la ayuda de aquella que fue el Hada más poderosa de todas ha podido evitar los oscuros planes de Rumpelstiltskin, y el choque de la magia negra con la magia buena que intentaba evitarlo ha provocado una ola de poder tan grande capaz de atravesar no solo el espacio, sino el tiempo y las dimensiones, afectando no solo a los habitantes de aquel mundo, sino a muchos otros, e incluso a un futuro que ahora se antoja incierto.

Ahora, todos esos seres de cuento de hadas han quedado reducidos a meros humanos en nuestro mundo, encerrados en los terrenos de un enorme castillo entre las montañas, conectado con un pequeño pueblo que hace de entrada, pero manteniéndolo separado en cierta manera, con un poderoso hechizo que impide a la mayoría entrar o salir.

Pero las cosas no han salido como todos esperaban. Rumpelstiltskin puede ser ahora el dueño de todas esas tierras, pero no es capaz de abandonarlas, y el "final feliz" de la Reina Malvada ha quedado eclipsado al ver que, en lugar de estar al mando como Directora de la universidad, hay otra persona en su lugar, Maléfica. La magia de las hadas logro en el último momento modificar en parte el hechizo, y aunque la mayoría de los héroes han perdido sus finales felices, gracias a ellas mantienen su libre albedrío, teniendo la oportunidad de reencontrarse y recuperarlo.

En un mundo sin magia, donde todos creen ser personas normales, solo unos pocos recuerdan de dónde vienen, quiénes son, y la necesidad de traer de vuelta la magia a este lugar donde todos parecen haberla olvidado.

Dependerá de cada uno escoger su nuevo camino, tener el valor para recuperar la felicidad que han perdido, o comenzar de cero, mientras se pone aprueba si aún queda algo de magia que despertar en este mundo, y si los cuentos de hadas pueden formar parte de la realidad.
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Intenta disfrutar de la fiesta (Killian Jones)

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Mensaje por Killian Jones el Miér Jun 26, 2019 5:08 pm

Había conocido a muchas mujeres... Sí, la lista era larga, pero ninguna de ellas había logrado encenderme de la forma en la que Melisa lo estaba consiguiendo sin tan siquiera tocarme. Saltaba a la vista que era la mujer más hermosa en aquel lugar, y probablemente la más hermosa que habían visto mis ojos, y ella parecía ser plenamente consciente de aquel hecho y lo usaba a su favor, jugando conmigo como si verme con el deseo contenido en mi mirada fuese de lo más divertido.

Mientras intentaba no romper aquel vaso de cristal que sostenía en mi mano -y también trataba de no levantarme ahí mismo y dejarme llevar por la tentación- seguí atento el rastro que iba dejando por su piel con aquel cubito de hielo hasta que dejó que cayese dentro de su pronunciado escote. Menos mal que aquel vaso estaba hecho de un cristal bastante grueso.

Bueno, Melisa... —me costó hallar de nuevo las palabras y alzar la mirada para clavarla en sus ojos traviesos y maliciosos—. Hay ciertas cosas que es mejor hacer sin público... Otro tipo de juegos que nada tienen que ver con los juegos de bar... No sé si sabes de qué estoy hablando exactamente —añadí, recuperando la sonrisa de canalla que había perdido con aquel truco del hielo. No muchas mujeres podían alardear de dejarme con la boca abierta y las palabras atragantadas, y ella lo había conseguido... Una razón más para hallarla interesante, mucho más interesante que todas las mujeres que hacía conocido intentando olvidar a la única que había amado y perdido.

De algún modo había algo en ella que era atrayente, a parte por supuesto de su increíble físico. Hacía mucho tiempo que no perdía el control tan rápido y tampoco que sentía ese deseo naciendo en mi pecho cada vez que me atravesaba con aquellos ojos azules o que me tentaba con palabras y gestos de lo más atrevidos. Yo, que presumía de ser directo y atrevido, me había topado con la única mujer en aquel lugar que podría igualar mis juegos de seducción... y también superarme. Así que, sin tener mucho éxito, traté de recuperar el control de la situación antes de lanzar el dardo a la diana una vez más, aunque la partida había dejado de interesarme, y aquella mujer fatal era lo único que quería ganar aquella noche.

Podría hacer muchas cosas... Especialmente a una mujer tan hermosa como tú —respondí en voz baja, apenas un susurro solo para ella, sin apartar mi mirada de la suya. A pesar de que me había sentado junto a ella y estábamos tan cerca, Melisa seguía igual de serena, como si el único que estuviese perdiendo e control de los dos fuese yo. Oh, pero no me importaba estar cayendo de lleno en sus juegos, de hecho quería seguir jugando—. Y podría mostrarte algunas esta noche si tienes tanta curiosidad —levanté una ceja esperando su respuesta, pero ella volvió a sorprenderme al cogerme la mano y entrelazar sus dedos con los míos. Su tacto era suave y cálido, y me resultó más agradable de lo que me esperaba.

¿Qué es lo importante entonces...? —susurré, volviendo a alzar una ceja, pero esta vez con sorpresa y curiosidad, cuando guio mi mano por su muslo, subiendo lentamente hacia su escote. De nuevo, volvía a dejarme sin palabras y, mientras escuchaba su voz dulce, mi corazón palpitaba cada vez más rápido al apreciar las curvas de su figura bajo mis dedos—. Ya lo creo... —respondí como un idiota, hechizado ante sus encantos. Empezaba a notar que el alcohol y dichos encantos me nublaban la mente y embotaban mis sentidos, y eso empeoró cuando ella decidió meter mi mano dentro de su vestido.

Bloody hell.

Mis dedos rozaron su piel, tersa y fría por el rastro que había dejado aquel hielo, y mis ojos se clavaron en su cuerpo hasta que noté que ella alzaba mi barbilla para que la mirase a los ojos. —Eres una mujer llena de sorpresas, Melisa —murmuré, humedeciendo mis labios con la lengua de forma inconsciente. Estaba a sus pies y era incapaz de dejar de mirarla, mientras mi mano bajaba por su cuerpo hasta alcanzar aquel hielo parcialmente derretido que había descendido hasta su ombligo. Acaté aquella orden cuando la pronunciaron sus labios, pero me tomé mi tiempo para sacar el hielo de su vestido, rozando peligrosamente su ropa interior con la yema de mis dedos y retirando mi brazo de su escote poco a poco, como si eso fuese lo último que quería hacer...

Problema solucionado, encanto —observé aquel cubito en mi mano con una sonrisa traviesa y lo dejé en mi vaso de ron para volver a centrar toda mi atención en ella. Me agradó que ahora fuese ella la que prestaba poca atención a la partida ya que su siguiente tirada la llevó a cabo sin mucho interés, y yo ni siquiera miré la diana para comprobar si había tenido éxito o no. No podía dejar de mirar a Melisa, con esa sonrisa pícara y el deseo brillando en mis ojos azules.

Cuando se acercó tanto a mí me mordí el labio y, mientras ella hablaba en deliciosos susurros, cerré los ojos y pasé mis dedos en una lenta caricia por uno de sus brazos, notando el agradable contraste de mis dedos fríos y húmedos por el hielo y lo cálido y suave de su piel. Estaba completamente a su merced, dejándome llevar por el roce irresistible de su lengua por mi boca, y notando cómo el calor ascendía por mi cuello hacia mi rostro cuando atrapó mi labio inferior con sus dientes. Mi mano se enredó en los mechones oscuros de su cabello y me dejé embriagar por el olor a whisky y el sabor dulce de su boca cuando, sin poder ni querer evitar aquel deseo que ella había despertado, fundí mis labios con los suyos. Jugar con fuego tenía sus consecuencias y llevaba toda la noche queriendo probar cómo de dulce era realmente... Pero su sabor era una mezcla de dulce y amargo, y su tacto tan cálido que podría quemar... Después de probar aquello tenía más claro que nunca que quería terminar aquella noche con ella.

Lo siento, cielo... Pero no puedes decir que no te advertí —le susurré cuando me alejé de ella y la miré a los ojos con aquel brillo encendido y travieso en los míos, esperando cualquier tipo de reacción. Tan solo por terminar aquel juego, pero sin mucho interés, cogí mi dardo de la mesa y lo lancé de lleno contra la diana, desviando apenas mi mirada unos segundos de la suya para saber a dónde lanzaba. Aunque, estando como estaba en aquel momento, ni siquiera sabía si acertaría a algún punto de la diana.

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Mensaje por Grimmwelt University el Miér Jun 26, 2019 5:08 pm

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Mensaje por Melisa Kasdovassilis el Jue Jun 27, 2019 2:14 pm

Encontraba graciosa aquella seguridad en su mirada. Por supuesto que un hombre como él podría hacerme disfrutar en la cama, de eso estaba convencida. Pero lo que no sabía era que seguramente fuera yo la que lo sorprendiera si alguna vez acabábamos en una situación tan caliente.
Reí ante aquel comentario. Al parecer su paciencia se estaba agotando y no tenía intención de acabar aquella partida si podía evitarlo. A decir verdad incluso a mí comenzaba a darme igual.

A medida que la hora avanzaba comencé a mirarle con otros ojos. Ya no me parecía ese baboso persistente que vino a molestarme al principio de la noche. Había conseguido sorprenderme, aunque no estaba segura de por qué. Quizá porque había sido el único hombre en no ceder ante mis armas de seducción a la primera o porque, incluso con los ojos ahogados en puro deseo y expectación, seguía empeñado en demostrarme que era más que un simple donjuán de taberna.

-Prefiero esperar a que los dardos decidan nuestra suerte -entrelacé mis dedos con los suyos disfrutando del tacto rugoso de su piel. Una parte de mí quería saber cómo sería la sensación de sus manos recorriendo cada centímetro de mi cuerpo, jugueteando con mis pechos y acariciando mis labios-. Después de todo una apuesta es una apuesta, ¿no crees?

Sonreí y dirigí su mano hacia mi muslo mientras contemplaba la manera en la que sus pupilas comenzaban a dilatarse y su boca se entreabría. Conforme fui guiando su mano por las curvas que definía aquel ceñido vestido su mirada fue oscureciéndose. Al alcanzar el borde de mi escote noté la forma en la que se mordió el labio y suspiró expectante. Después de todo si que era un hombre más, no podía resistirse a mis encantos.
Disfruté de aquella frase y de la mirada embobada que dirigió hacia su mano en el momento en el que la sumergí en mi vestido dejando que recorriera el mismo camino que aquel cubito había trazado momentos antes. Liberé su brazo en el momento en el que sus dedos rozaron el hielo dejándole a solas con mi cuerpo. Me incliné más hacia él de forma que su mano se pegó más a mi vientre y levanté su barbilla para que supiera que quien tenía el poder no era él. Sus pequeños trucos no servían conmigo, sus encantos no surtían el menor efecto en mí.

-Lo sé. Y créeme, todavía no has visto lo mejor.

Con una palabra hice que poco a poco retirase su mano de mi cuerpo llevándose consigo el cubo y disfrutando una vez más de la textura de mi piel. Sabía que después de aquello querría más, que no se conformaría con unas pocas caricias ni un juego de miradas. Pero no tenía intención alguna de acabar en sus sábanas aquella noche, aunque fuera tan solo por puro orgullo.
Recurriendo a mi memoria lancé el dardo sin aparente interés y aferré su camisa atrayéndole más hacia mí de tal manera que tan nuestros alientos podían fundirse en uno solo y nuestras narices se acariciaban. Cerré los ojos y recorrí sus labios con mi lengua antes de atrapar con mis dientes uno de ellos y comenzar a chuparlo eróticamente. Mi interés por la partida había menguado si, incluso estaba comenzando a pensar que perder no sería tan malo después de todo. Pero era demasiado competitiva como para dejarle ganar. Así que fingí no prestar atención y quemar mi último cartucho antes del gran final.

Y, tal y como había imaginado, por fin dio el paso haciendo inexistente el espacio entre nosotros. Sus labios rozaban los míos en una danza lenta y suave, su mano aferraba algunos mechones de mi cabello y su cuerpo entero vibraba contra el mío. Abrí mi boca dejando que su lengua se colase dentro a la vez que mis manos viajaban a su nuca atrayéndolo hacia mí. Pensé que aquel beso sería urgente, desesperado y salvaje, y aunque sentía fuego entre nosotros lo que de verdad me derretía era aquella manera tan dulce y agradable que tenía de encenderme.
Cuando nos separamos vi en sus ojos algo extraño que no pude ubicar, aunque duró una fracción de segundo y en seguida volví a ver al mismo hombre que me había retado a una partida, que había sucumbido ante mi magia y que quería estrecharme contra su cuerpo en un abrazo caliente y sensual. ¿Me lo habría imaginado?

Vi la forma descuidada en la que lanzó el dardo y desvié mi vista para descubrir que, al fin, había logrado distraerle lo suficiente. Supongo que no fue consciente de que acababa de meter la pata hasta el fondo porque su ego volvió a hincharse.

-¿Recuerdas que antes dije que no habías visto la mejor parte de mí? -con dos dedos acaricié su rostro todavía fijo en mis labios-. ¿Puedes hacerme un favor? Mira bien la pared -por un momento siguió manteniendo aquella expresión chulesca en la cara, pero en el momento en el que se dio cuenta de lo que pasaba su cara se transformó- ¿Sabes lo que es la memoria fotográfica? -me incliné para susurrarle en la oreja- Verás, desde que nací tengo la ventaja de poder acordarme de todo lo que veo o escucho. Eso incluye la posición de esa diana.

Por fin me separé de él y volví a recostarme en la silla. Estaba disfrutando de aquella cara de incertidumbre y dolor. Me quedaba un solo punto para ganar y a no ser que me rindiera o la tierra comenzase a temblar ganaría la partida. Al final nunca sabría lo que sería que aquellos labios dijeran mi nombre, ni podría volver a gozar de su compañía. Por alguna razón sentí un pellizco en mi interior al ser consciente de que no volvería a hablar con él ni a provocarle. Nunca más volvería a notar sus manos en mi piel ni aquellos labios acariciando los míos. ¿Por qué demonios parecía que aquello me molestaba tanto?
Si, me había comenzado a hacer a la idea de que en algún momento él y yo compartiríamos más de una noche. Pero mi orgullo me impedía abandonar o perder adrede. Como yo misma había dicho, una apuesta era una apuesta.

Sin dejar que todo aquello se reflejase en mi cara cogí el último dardo de la mesa y jugueteé con él en la punta de mis dedos. Quería regodearme un poco antes de lanzar y acabar con aquello. Aunque en el fondo sabía que lo único que deseaba era alargar un poco más aquel instante y congelarlo. ¿Pero qué me estaba pasando?

-Ya que te quedan menos de diez minutos para no volver a verme te sugiero que los aproveches bien Killian.

Con lentitud y algo de reticencia aparté mis ojos de los suyos y miré fijamente la diana. Por algún motivo sentía que aquel instante sería decisivo, que de mí dependía lo que pudiera pasar entre nosotros. Respiré profundamente y, al fin, dejé que aquel dardo rozase por última vez mis dedos y volase directo hacia algún punto de la diana. Por una vez no había apuntado, me daba igual el lugar en el que impactase. Quizá después de todo lo mejor era separarnos y no volvernos a ver nunca más.

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Mensaje por Grimmwelt University el Jue Jun 27, 2019 2:14 pm

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Mensaje por Killian Jones el Vie Jun 28, 2019 6:38 pm

Podríamos hacer una excepción, solo por esta vez —mi mirada brilló con picardía y mis labios se torcieron en una sonrisa lujuriosa. Con mis ojos clavados en su mirada dominante y mi mano ascendiendo por su cuerpo no pensaba precisamente en apuestas, y definitivamente me olvidé de nuestro reto cuando introdujo mi brazo en su vestido y recuperé aquel hielo que había dejado caer de esa forma tan provocadora. Sentir el tacto de su piel desnuda, tan suave, hizo que me preguntase cómo sería sentirla si nada de ropa de por medio, fundiendo nuestros cuerpos entre las sábanas... Y aquel deseo ardiente se hizo más intenso cuando, cayendo en sus provocaciones, rompí la tensión y la besé.

Aquel beso había sido... diferente, muy diferente a lo que me había imaginado. Había deseado probar sus labios desde que había posado mi mirada en ellos, pero no lo hice de un modo exigente o brusco, sino como si quisiera saborear cada segundo para disfrutarlo al máximo. Había algo en sus labios que era adictivo, algo demasiado dulce en su boca cuando la entreabrió y me permitió explorarla en mayor profundidad, pudiendo notar por el modo en que me atrajo más a sus labios que ella también había deseado aquel momento. Incluso, durante los instantes que duró aquel beso, perdí la noción de todo lo demás y me dejé llevar por las sensaciones que despertaba en mí probarla de aquel modo.

Cuando nos alejamos sentí que la cabeza me daba vueltas, y no por el exceso de alcohol -aunque aquello sin duda podía ser un agravante-, pero aún así la miré a los ojos recuperando mi picardía y dedicándole una frase que sin duda era más de mi estilo antes de lanzar mi dardo a la diana sin demasiado entusiasmo. Ni siquiera me fijé en qué puntuación había sacado exactamente esta vez, aunque sí supe que había acertado lejos de la diana, y no tardé demasiado en volver a fijar mi atención en ella, en la hermosa mujer de ojos azules que estaba frente a mí, tomándola por el mentón suavemente con mi mano y dedicándole una de esas sonrisas seductoras que creía que siempre funcionaban con las mujeres. Puede que incluso hubiese funcionado con una chica tan dura como ella... ¿Por qué sino habría permitido aquel beso?

¿Por dónde íbamos, cielo? —En aquel momento creía que ella, al igual que yo, había pasado a ver aquella partida de dardos como algo secundario y que, después de aquel tonteo que había comenzado como un juego, realmente le interesaba pasar tiempo conmigo porque disfrutaba de mi compañía... y no tan solo por ganar un reto y deshacerse de mí como lo haría de cualquiera de los borrachos que pululaban por aquel bar con cervezas y copas interminables, y los ojos llenos de deseo y vulgaridad.

Pero, esta vez, mi intuición pareció fallar de lleno y cuando Melisa empezó a hablar y me pidió que mirase la pared lo hice un poco confundido hasta que vi la diana e hice cálculos mentalmente; yo ya había perdido la partida por haber realizado aquella última jugada sin apenas preocuparme por dónde apuntaba. Entonces, de golpe, comprendí que yo había sido el único en olvidarse de aquel juego y una parte de mí se sintió decepcionada, aunque intenté ocultarlo antes de apartar mi mirada de la diana para mirarla de nuevo a ella.

Vaya, así que de verdad todo esto era un juego… para distraerme y ganar la partida. Y yo que pensaba que empezabas a tolerar mi compañía... —le respondí en un tono sarcástico, esbozando una sonrisa que pretendía mostrar diversión y despreocupación, pero en mis ojos había confusión y esa decepción que no podía ocultar. Por un momento sus gestos, sus miradas… e incluso aquel beso, me habían transmitido un interés mutuo, pero ahora sus palabras y el modo en que se apartó de mí para apoyarse en el respaldo de su silla me transmitían todo lo contrario. Quizás fuera el alcohol, quizás la música retumbando en mis oídos, quizás aquel beso tan extrañamente dulce o su mirada tan adictiva, pero la idea de no volver a verla y que en unos minutos fuesen a separarse nuestros caminos no me resultaba... agradable. Con otra mujer habría sido tan fácil como olvidar su nombre y su rostro y centrar mis atenciones en otra más accesible para no malgastar aquella noche... ¿Qué había en Melisa que la hacía... diferente?

Para colmo -como si mi orgullo no hubiese quedado suficientemente herido- su última tirada fue perfecta y acertó de lleno en el centro de la diana, algo que me hizo alzar ambas cejas con admiración y sorpresa a partes iguales.—Te felicito, nunca me habían ganado jugando a mi propio juego... —Y no hablaba precisamente de los dardos, sino de aquel juego de seducción en el que claramente ella había llevado la voz cantante. Por supuesto, no me arrepentía de haber probado sus labios ni de rozar su piel desnuda con mis dedos, pero mi parte insaciable no quería quedarse tan solo con eso. Ya no podría conseguir nada con aquel reto que ella había ganado, así que tendría que valerme de otra táctica para no dejarla escapar, ¿y qué mejor táctica que usar mis propios encantos de galán?

Puede que hubiese perdido, pero seguía siendo endiabladamente sexy.

Volviendo a romper la distancia que nos separaba me incliné sobre ella, fijándome en sus labios y después en sus ojos azules, tratando de recomponerme y recuperando mi actitud seductora y segura. Con mi mano alcé su barbilla, solo para asegurarme de que me miraba en todo momento. —Podríamos volver a vernos...Tómalo como una revancha, ¿o me dejarás con el recuerdo amargo de una derrota y el único consuelo de uno de tus besos? —arrastré las palabras en susurros irresistibles, clavando mis ojos azules y suplicantes en los suyos buscando cualquier rastro de duda, cualquier indicio para saber si aquella era una batalla perdida o había un mínimo de esperanza—. Dime que no deseas volver a verme cuando se acabe el tiempo —susurré, acercando mi rostro al suyo, tanto que volver a besarla era tan fácil como tentador—. Ambos sabemos que sería una mentira.

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Mensaje por Melisa Kasdovassilis el Sáb Jun 29, 2019 5:10 pm

Mucho antes de aquel beso sentía que mi opinión sobre él había cambiado, pero fue justo al separar mis labios de los suyos, después de aquella caricia tan íntima y dulce, cuando noté algo que me desconcertó. ¿Por qué de repente la idea de perder no me parecía tan mala? ¿Qué había pasado para que considerase siquiera la posibilidad de que un extraño me llamase por mi diminutivo? Había tenido muchos encuentros como aquel con hombres de todo tipo, borrachos, santos, casados, viudos e incluso con algunos mucho mayores que yo, y todos eran exactamente iguales. ¿Qué había hecho él para fascinarme de aquella manera? No era más que otro tipo atractivo y de sonrisa pícara que creía que solo con sonreír me quitaría el vestido, ¿o no?

Con la llema de mis dedos reseguí el contorno de aquel rostro que tantos interrogantes me estaba planteando. ¿Quién era exactamente Killian Jones? ¿Y por qué no podía detestarle sin más? Intenté volver a odiarle o a encontrarlo tedioso, pero cualquier pensamiento que no fuera ambiguo resbalaba de mi mente. Era como si no pudiera pensar nada completamente malo ni bueno de él, como si mi cabeza estuviera hecha un lío y no admitiera nada agradable pero tampoco tolerase pensar mal de aquel hombre.
Cuando llegué a su barba las manos se me crisparon y comencé a arañarle juguetonamente. No podía permitir aquello, no era más que un cretino más con el sentido del humor de un babuino y el cerebro de una estrella de mar. Alguien así no podía obnubilar mi mente ni hacerme dudar de mí misma.

Sonreí con seguridad ocultando aquellos pensamientos en lo más profundo de mi corazón. No podía permitir que me viese dudar ni que pensase que, por un momento, había logrado encantarme con aquella mirada. Con petulancia y lentitud le pedí que observase bien la diana y calculase mentalmente nuestra puntuación. Me tomé mi tiempo en disfrutar de aquella mirada de desconcierto y decepción que me dedicó. Si, había cavado su propia tumba con aquella última tirada por estar más centrado en mi cuerpo y mis caricias que en nuestra apuesta.

-La primera norma del juego, “encanto” -dije imitando el tono con el que él me llamaba-. Es tener siempre la cabeza de arriba en la partida.

Le lancé una mirada desafiante y me aparté de él como si el simple roce de su piel me quemase. Cogí el último dardo que quedaba y me recosté en la silla poniendo de nuevo una distancia entre los dos. No debía hacerle olvidar que todo aquello no era más que un juego. Aunque ¿en qué clase de torneo se había convertido? De no ser por mi memoria ni siquiera yo habría podido acertar mis dos últimos lanzamientos. No, debía mantener la cabeza fría y no ceder ante su labia ni sus miradas o todo lo que había hecho aquella noche se iría a pique. Pero solo con pensar en sus manos sobre mi cuerpo retirando aquel cubito y resiguiendo mi figura me ponía a temblar.

Aparté todo aquello de mi cabeza y me concentré en el último lanzamiento. Todavía podía ponerle fin y dejarlo en empate o rendirme, pero mi soberbia me impedía hacerlo. Quería ganarle, necesitaba cerrarle la boca y acabar con aquella mirada de suficiencia y seguridad con la que no había dejado de mirarme. Sin embargo, si ahora alzaba mis ojos y observaba atentamente sus facciones, sabía que no solo encontraría aquella mueca de chulería, sino también un brillo de desilusión en su mirada que no quería, o más bien no podía, ver. Sentía como si aquel instante, aquel solo segundo antes de lanzar, fuera a ser decisivo, como si no nos estuviéramos jugando tan solo un nuevo encuentro.
Con reticencia desvié mi mirada hacia la diana y respiré profundamente mientras dejaba de jugar con el dardo. ¿De verdad sería tan duro volver a verle? ¿No valdría la pena dejar mi orgullo a un lado? ¿Acaso no sería terriblemente atrayente escuchar mi nombre saliendo de aquellos labios tentadores? Pero el peso de mi vanidad era demasiado grande y no me permitía errar aquel tiro. Así que, por una vez, dejé que el dardo volase libre y no apunté a ningún punto en concreto. Tan solo quería que todo acabase de una vez, olvidar a Killian y el tacto ardiente de sus manos en mi muslo, sacar de mi cabeza el color azulado de sus ojos y la sensación abrasadora de su mirada en mi piel.

En el momento en el que el aguijón se clavó en el mismo centro de la diana pude notar algo resquebrajándose en mí, aunque no estaba segura de lo que era. Había ganado, al fin conseguí no tener que volver a soportar sus ocurrentes intentos de llevarme a la cama ni las caricias de su lengua contra la mía. Por fin tenía lo que quería, no volverle a ver después de los escasos cinco minutos que me quedaban antes de regresar a la parada del autobús y encerrarme en mi habitación. ¿Por qué no me sentía feliz? ¿Por qué no podía evitar que la mirada derrotada que me dirigía se me clavase como un puñal?

Pese a su aparente despreocupación pude notar un tinte de tristeza en sus ojos, lo cual por alguna razón me agradaba. Aunque en el momento en el que volvió a inclinarse y cogerme el mentón un estremecimiento me recorrió la columna. Una sonrisa orgullosa acudió a mis labios cuando admitió que había ganado en aquella partida tan sensual en la que nuestras manos, nuestros ojos y nuestros labios habían participado. La verdad es que aquello se me daba casi tan bien como los dardos.
Me aparté ligeramente e hice una reverencia de cuerpo para arriba haciendo que el escote se me abriera ligeramente. Había disfrutado mucho provocándole, insinuándome y dejando que palpase los contornos de mi cuerpo. Por mucho que me costase admitirlo sabía que ambos nos habíamos deleitado con aquel momento en el que su mano quedó atrapada dentro de mi vestido y el instante en el que sus labios habían encontrado los míos. Ni siquiera yo podía negar aquello.

-¿Y no será que no soportas la idea de no volver a verme? -me levanté de la silla acercándome lentamente a él- De no volver a… -me senté en su regazo colocando mis manos de nuevo en su nuca- ¿Acariciarme? -con suavidad dejé que su mano fuera hasta el límite de mi vestido mientras guiaba la de madera para que me envolviera la cintura. Por alguna razón cuando tocaba aquella superficie lisa sentía una sensación de intimidad muy potente- Ni de mirarme el culo cada vez que me giro o relamerte pensando en lo que podrías hacerme en un terreno más… horizontal. O de no volver a...-desvié mis ojos hacia sus labios, delgados, suaves y tremendamente tentadores- Besarme.

Nuestros cuerpos se abrazaban y rozaban tentándonos a hacer algo que ambos deseábamos pero que yo no permitiría que pasase aquella noche. En el fondo tan solo quería que él admitiera que quería que volviéramos a vernos. Deseaba que dijera que lo último que deseaba era verme marchar para siempre.
Nunca habíamos estado tan pegados, pero aún así necesitaba sentir más, necesitaba tocarle e impregnarme con su olor. Anhelaba que su perfume me persiguiera en sueños y siguiera en mi piel mucho después de separarnos. Quería que su rostro me persiguiera en sueños y que su sonrisa me sorprendiera a cualquier hora del día. Así que hice que una de mis manos descendiera suavemente hasta alcanzar aquella parte de piel que su camisa dejaba al descubierto y la dejé allí notando el calor que desprendía su cuerpo y el latido acelerado de su corazón. ¿Acaso estaba nervioso? Aquello me hizo sonreír, yo no era la única que quería alargar aquel momento eternamente sin mostrarse débil ni ceder ante el otro.

-¿Qué te parece si se lo dejamos al destino? -me incliné hacia él y le di un sencillo beso en la mejilla- Disfrutamos de cinco minutos enteramente nuestros -dije junto a su oreja antes de morderle un lóbulo- y luego nos ponemos en manos de la suerte -comencé a dejar un reguero de besos por su cuello para después reseguir ese mismo camino con mi lengua.

Y entonces dejé que aquella sensación tan dulce que se apoderaba de mi mente por momentos me invadiera y tomase el control de mi cuerpo. Le levanté la cabeza y cerré los ojos antes de volver a besarle. Antes de marcharme quería volver a catarlo, quería memorizar cada segundo, cada matiz y cada caricia. Me esforcé por recordar el sabor del ron en su lengua y el tacto de sus manos descendiendo hasta mi trasero. Si tenía que separarme de él y no verle nunca más al menos deseaba llevarme conmigo una parte de aquella esencia que me había embriagado y conquistado.
Apreté mi torso contra el suyo una última vez y me separé con delicadeza. ¿Por qué no podía quedarme?

-Aunque quizá lo mejor sea que me vaya -hice el gesto de comenzar a levantarme dejando a su elección el hacer nuestros aquellos últimos minutos o no.

Mi cabeza no paraba de gritarme que aquello tan solo me traería dolor, que el volver a permitir que sus manos me tocaran sería un error. Pero mi corazón, por primera vez en mucho tiempo, se imponía a esa voz bramando que si aquel momento tenía que ser doloroso entonces lo mejor era dañarnos mutuamente y despedirnos con pasión y heridas en nuestro interior.

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Mensaje por Killian Jones el Dom Jul 07, 2019 10:18 pm

Mientras sus ojos azules me estudiaban con detalle me preguntaba qué pensamientos surcarían su mente en aquel momento mientras ella surcaba mi rostro con sus dedos... Empezaba a pensar que era un difícil enigma que nunca lograría resolver, y es que aquel azul era tan frío como el hielo por mucho que en ocasiones el fuego pareciese danzar en él. Era una mujer apasionada, descarada... Y, ya lo creo, eso había llamado mi atención después de fijarme en su más que sobresaliente físico. Pero podía notar que había algo que la frenaba, sobre todo cuando se alejó de forma brusca tras aquel beso que me había dejado con ganas de más y me dejó claro que todo había sido tan solo una treta en la que había caído como un tonto. Una parte de mí se negaba a creerla, ¿cómo era posible que yo hubiese sido el único en sentir algo más con aquel beso, algo que no sentía desde hacía mucho?, ¿y cómo era posible que fuese el único en querer más después de algo así? Sin duda había probado los labios de muchas mujeres en mis "noches para olvidar", pero ninguna había despertado en mí lo que Melisa había logrado, o al menos no con esa intensidad.

Mientras intentaba ocultar mi decepción y mi orgullo herido, también luchaba contra ese impulso de acercarla de nuevo a mí, de silenciarla con otro beso para dejarle claro que aquellos juegos no importaban si los dos nos olvidábamos de ellos. ¿Qué importaba que hubiese perdido? Los dos podíamos ganar aquella noche si nos lo proponíamos... Pero seguía teniendo aquella sensación de que, si actuaba de forma tan brusca, lo único que lograría sería el efecto contrario al que pretendía lograr, y aún podía conquistarla si de verdad me lo proponía. Yo no era de esos hombres que tiraban la piedra y escondían la mano, al menos la que aún me quedaba; si me proponía conseguir algo no iba a rendirme tan pronto como un cobarde, y Melisa era ahora la única persona que captaba tanto mi interés como para no dejarla ir tan fácilmente.

Lo cierto es que me sorprendió un poco que no alardease de aquel lanzamiento perfecto en el que su dardo había quedado clavado justo en el centro de la diana... Incluso parecía pensativa, así que aproveché el momento para captar su atención y jugar mi última carta. Quería adivinar lo que se escondía en aquella mirada que me había hechizado y por eso alcé su rostro para que no esquivase la mía. Sonreí satisfecho cuando ella volvió a provocarme, sin poder evitar estudiar con detalle aquel escote que volvería loco a cualquier hombre, observándola con aquel brillo de anhelo en mis ojos azules cuando se levantó para acercarse a mí y se sentó sobre mi regazo. Sin duda en aquel momento era objeto de la envidia y los celos de todos los hombres que había en aquel antro.

¿Qué hombre no te echaría de menos después de conocerte? O de besar tus labios... —le respondí con voz ronca, desviando la vista inconscientemente hacia aquella boca tan tentadora, que se movía lentamente mientras ella susurraba todas aquellas palabras melosas y atrevidas—. Pero sé que tú tampoco soportas la idea de no volver a verme... Así que no lo niegues, cielo —susurré de forma entrecortada mientras mi mano subía por su muslo hasta llegar al límite de aquel vestido negro. No me percaté de que había tomado mi mano de madera hasta que sentí que guiaba mi brazo izquierdo para que la rodease por la cintura, y eso  mismo hice de buena gana, deseando tener dos manos y no una tan solo para poder sentirla más.

Una pequeña sonrisa se me dibujó en mis labios cuando sus palabras se volvieron más descaradas y humedecí mis labios con la lengua cuando mencionó que quizás lo que yo no soportaba era la idea de no volver besarnos. —A parte de tener memoria fotográfica también eres bastante buena leyendo a la gente... —le concedí aquello, dedicándole una mirada traviesa y directa, dejándome embriagar por su cercanía. Sentir su cuerpo tan pegado al mío despertaba en mí un deseo difícil de contener; de pronto mi corazón latía más rápido, la piel me ardía y mis caricias eran cada vez más atrevidas.

¿Una sonrisa? —Alcé una ceja, curioso, mientras el acelerado ritmo de mi corazón retumbaba en mis oídos—, ¿te han dicho alguna vez que tienes una sonrisa preciosa? —susurré aquella pregunta con voz seductora, subiendo mi mano por su espalda como si mis dedos desearan arrancarle aquel vestido que me impedía sentir el tacto de su piel—. ¿Destino? No creo en tales cosas... Podemos decidir nuestro propio destino... —sonreí al sentir aquel beso dulce en mi mejilla, y solté un suspiró cuando sus besos dejaron un rastro bajando por mi cuello; sentía un agradable cosquilleo allí donde sus labios y su lengua se posaban. En aquel estado de embriaguez -pero no una debido al alcohol, o al menos en parte- no pude añadir nada más y, aunque quisiera hacerlo, de pronto volví a sentir sus labios sobre los míos y cerré los ojos, respondiendo a su beso.

Era tan fácil dejarse llevar... tanto como ir a la deriva en un mar en calma, pero Melisa más que agua templada era puro fuego: abrasadora y excitante. Nuestras lenguas se rozaban y nuestros labios se reclamaban casi como si fuese una necesidad después de haber probado el sabor del otro; y mis manos fueron descendiendo por su espalda hasta que sentí su trasero firme bajo la derecha. Quizás no esa noche, pero la perspectiva de desnudarla y hacerla mía era cada vez más apetecible. Por el momento me llevaría un buen recuerdo y demasiadas ganas de volver a verla... Por cómo ella prolongaba aquel momento podía adivinar que tenía las mismas ganas de verme de nuevo, aunque justo en lo mejor de aquel beso sus labios de alejaron, dejando aquella calidez tan agradable sobre los míos, y abrí los ojos de golpe al escuchar aquellas palabras.

"Aunque quizá lo mejor sea que me vaya".

O quizá no —negué al momento, convencido; quería aprovechar hasta el último momento con ella. Y lo hice. Reclamé de nuevo sus labios, respirando su cálido aliento, saboreándola, pegando su cuerpo al mío y memorizando con mis dedos cada centímetro de su piel que podía acariciar o el contorno de aquellas curvas que resaltaba con su vestido negro.

Aquella mujer era el enigma más sexy que me había encontrado nunca; apasionada como el fuego, y fría como el hielo, como si una parte de ella no quisiera arriesgarse demasiado. Pensaba que todos los hombres éramos iguales y disfrutaba del efecto que sus encantos podían causar pero, al mismo tiempo, parecía estar disfrutando también de mi compañía cuando al principio estaba claro que me había detestado. Casi parecía que, con aquel último gesto de duda, lo que deseaba realmente era que la retuviese.

Me costó separarme y, cuando lo hice, la miré mientras recuperaba el aliento con aquel brillo encendido en mis ojos azules. Definitivamente había algo en Melisa... algo que la hacía diferente a todas las mujeres que había conocido en mis noches de desenfreno, alcohol y sexo. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan vivo. —El tiempo se ha terminado, Cenicienta —bromeé en un tono pícaro, acariciando su mejilla con mi pulgar de un modo más dulce y sosegado—. Si te vas a marchar sin remedio, ¿no me dejarás algo con lo que pueda recordarte hasta que volvamos a vernos? —Porque íbamos a volver a vernos—. No tiene porqué ser uno de tus zapatos... —añadí con una sonrisa divertida, reacio a dejarla ir. Quizá podría conseguir su número de teléfono de ese modo, o algo para recordarla, aunque realmente lo único que quería era alargar la despedida... ya que después de aquella noche estaba seguro de que no iba a poder olvidarla.

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Mensaje por Melisa Kasdovassilis el Lun Jul 08, 2019 10:49 pm

En el fondo esperaba errar aquel lanzamiento, me negaba a admitirlo pero deseaba que aquel estúpido dardo no acertase en la diana y perdiera fuerza a mitad de camino. Killian me había fascinado como no pensaba que un pesado podría hacer, había conseguido que aquel juego de miradas y deseo traspasase la partida hasta sacudirme los huesos. ¿Cómo había sido posible aquello? ¿Cómo había podido pasar de estar cabreada y humillada a no querer marcharme de aquel bar?
Seguía sumida en mis pensamientos cuando el sonido de la saeta que había lanzado me devolvió a la realidad. No, definitivamente no podía dejar que un simple cualquiera al que había conocido en un antro me hiciera dudar. Convencida de que no debía volver a verlo nunca más subí mi mirada hasta la diana. Fue en ese preciso instante en el que mis ojos se clavaron en el dardo cuando sentí como si mil cristales me atravesaran la piel. Había hecho un lanzamiento perfecto, había ganado la partida y por fin podía marcharme con la cabeza bien alta. Sabía que debía alegrarme, que aquello era lo mejor que podría haberme pasado, pero aún así sentí como si algo me sangrase en el pecho enviando oleadas de dolor por todo mi cuerpo.

Intenté sobreponerme a aquella extraña sensación de tortura que hacía que mi corazón se hubiera congelado y no palpitase. Debía esconder que perder me había afectado de una manera que nunca habría creído posible. Porque me había afectado ¿O no? ¿Qué era sino aquella sensación de pesar que sentía en mi interior? ¿Por qué, por mucho que quisiera irme, permanecía clavada en la silla?
Lo miré con una sonrisa altiva que pretendía esconder algo que ni yo misma sabía denominar y volví a ponerme la máscara de indiferencia y diversión. No pensaba dejarle ver que, al final, comenzaba a disfrutar de su compañía y de nuestras nada disimuladas tentativas de provocar al otro. Si permitía, aunque fuera por un momento, que se diera cuenta de lo poco que deseaba marcharme estaba segura de que intentaría sacar provecho de la situación. No tenía ganas de volver a lidiar con su faceta de ligón de bar que intentaba llevarme a la cama, habíamos avanzado desde eso.

Con la intención de exprimir aquellos últimos minutos que probablemente nos separarían para siempre me levanté de mi asiento y me senté en su regazo al tiempo que mis manos acariciaban su nuca. Quería volver a verle aunque al mismo tiempo deseaba fervientemente no tener que pasar de nuevo por la tortura de estar cerca de aquella mano que me acariciaba el muslo lentamente y de aquella sonrisa ladeada que comenzaba a resultarme irresistible. ¿Qué me estaba haciendo aquel hombre? ¿Por qué no podía odiarlo sin más?
Sonreí con sus palabras. Estaba claro que deseaba conservarme a su lado aquella noche y que intentaba que no me alejara, pero por desgracia nuestro tiempo casi se había agotado y muy a mi pesar tenía que marcharme de allí.

-¿Y qué te hace pensar eso? -alejé una de mis palmas de su nuca para guiar aquella extraña mano de madera hasta mi cadera. La notaba rígida y suave y la verdad es que no me disgustaba en absoluto. Pero lo que más me sorprendió fue aquella sensación de intimidad que me asaltó al tocarla.

Aparté mis ojos de aquellos labios cálidos y tentadores y dejé que mi mano libre resbalase hasta esa pequeña parte de piel que el escote de su camisa dejaba al descubierto. Sin apenas darme cuenta comencé a dejar que mis dedos volasen libres y se posaran justo encima de su corazón. Vaya, parecía que el tenerme tan cerca le ponía nervioso, o tal vez es que lo había pillado desprevenido. En cualquier caso aquello me hizo sonreír, me encantaba ver el efecto que podía provocarle.

-¿Volvemos a los cumplidos de manual? -mordí uno de sus lóbulos y comencé a dejarle un rastro de pequeños pero tiernos besos en el cuello para después hacer que mi lengua volviera a trazar ese mismo camino de vuelta- Creía que habíamos superado esa fase -aunque por alguna extraña razón aquel comentario hizo que mi sonrisa se acentuara.

Parecía que no compartía mi opinión de que tal vez lo mejor era dejarnos en manos del destino y confiar en volver a vernos en otra ocasión. Después de todo había perdido la apuesta y eso significaba que estábamos condenados a disfrutar de unos pocos minutos más antes de volver a ser simples desconocidos que nunca más disfrutarían de la compañía del otro. No sabía qué pensar de aquello, por una parte deseaba que aquella noche no terminase nunca aunque por otra seguía reticente a dejarle entrar en mi cabeza. Lo mejor era abandonarme a la suerte y que ella decidiera si merecía la pena que volviéramos a coincidir. Pero deseaba tanto volver a acariciarle, memorizar cada centímetro de su piel e inhalar por última vez el aroma de su cuello que no pude evitarlo y cerré los ojos justo antes de volver a fundir nuestros labios en un beso apasionado, ardiente y tremendamente excitante.
Sus manos me acariciaron el cuerpo entero hasta acabar aferrándome el trasero, mi lengua exploraba la suya en una danza rápida y nuestros cuerpos parecían querer fusionarse a base de caricias. Había besado a muchos hombres en mi vida y había tenido encuentros mucho más ardientes que aquel, aunque por algún motivo aquel beso se me antojó mucho más salvaje que ninguno. Era como si el saber que no volvería a verlo hubiera despertado un fuego en nosotros que parecía avivarse conforme nos tocábamos. Pero sabía que aquello no podía ser eterno, sabía que tenía que ponerle fin antes de que hiciera algo de lo que me arrepentiría. Así que me separé y comencé a levantarme de sus piernas con la esperanza de que me retuviera a su lado.

-¿Qué…?

No pude terminar la frase porque su mano aferró mi muñeca y volvió a sentarme en su regazo antes de volver a besarme con fiereza. No había imaginado que aprovecharía aquellos últimos segundos de una forma tan brusca y excitante. Pensaba que me pediría el número de teléfono y se despediría con una última caricia y un beso suave y largo que recordaríamos toda la noche. Pero aquel apetito primitivo con el que me devoraba era contagioso y mis manos volaron hacia su espalda arañándole la camisa con fuerza.
¿Por qué? ¿Por qué me tentaba de aquella forma? ¿Por qué me impedía alejarme? ¿Por qué no podía aceptar que estábamos condenados a ser dos extraños? Las preguntas se sucedían en mi cabeza y no podía responder a ninguna de ellas, sus labios me distraían y no era capaz de pensar con claridad.

Al final no fui yo quien se separó, por una vez no conseguía apartarme de sus brazos y alejarme de aquellos labios tan dulces se me antojaba imposible. Y cuando vi aquel brillo en sus ojos y el modo en el que intentaba recobrar el aliento supe que también a él se le había hecho difícil retirarse. ¿De verdad tenía que marcharme sin más?

Sonreí cuando me llamó Cenicienta y me mordí el labio. Debía irme ya o perdería el autobús, pero no quería alejarme de aquellos ojos azules como el mar.

-¿Algo para acordarte de mí? -noté el tacto suave de su pulgar acariciándome la mejilla mientras mi cerebro intentaba procesar que nuestro tiempo se había agotado- ¿No tienes suficiente con el recuerdo de mis besos? -le sonreí, quizá por última vez, y dejé que su mano viajara pierna arriba.

No iba a dejarle mi número, aquello iría en contra de las normas de nuestra apuesta. Además, no era de esa clase de chicas y por muy sexy que Killian pudiera ser todavía no se había ganado aquel derecho. No, si quería volverme a ver debería buscarme, después de todo aquel lugar no era demasiado grande y hasta Balthasar sabía dónde encontrarme.

Volví a inclinarme sobre sus labios y comencé a acariciarlos suavemente con los míos mientras tomaba su mano y la subía por mi pierna hasta enganchar su dedo en el elástico de mi ropa interior. Mi lengua comenzó a juguetear con la suya y reprimí una sonrisa cuando dejé que su brazo arrastrara mi bragas. Aquello era demasiado sexy como para resultar dulce pero al mismo tiempo nuestro beso era demasiado inocente como para prendernos fuego. Ese contraste entre lo apasionado y lo puro, lo casto y la lujuria estaba haciendo que la tarea de separarme se me antojara imposible. No obstante al final tuve que aceptar que debía apartarme y regresar al campus. Además, estaba convencida de que a la mañana siguiente ni siquiera lo recordaría ¿No?

-Reservaremos el número de teléfono para la próxima vez -dije metiéndole el encaje de mi ropa interior en el bolsillo de la cazadora. Me acerqué a su oído de nuevo para susurrarle unas palabras que nadie más podría escuchar-. Tendrás que buscarme por todo el reino después de que el hechizo se desvanezca.

Me levanté por última vez y eché un vistazo alrededor. Nadie parecía prestarnos atención, sin embargo estaba convencida de que ninguno de los presentes se había perdido un solo detalle de nuestra partida. Me alejé de Killian luchando contra las ganas de girarme de nuevo y caminé hacia la barra, donde Balthasar fingía apuntar algo en una libreta.

-Esta noche paga él.

-Mel -me giré hacia él antes de salir por la puerta- ¿Qué demonios ha hecho ese tipo? -sabía que lo que en realidad quería preguntar era “¿Qué tiene él que no tenga yo?”.

Me giré hacia Killian, que todavía me miraba desde su silla y le sonreí una última vez.

-Sorprenderme.

Me alejé del bar sin mirar atrás y fui hacia la parada, donde el autobús estaba listo para salir. Me senté al fondo para no tener que soportar a ninguno de los borrachos de mirada perdida y rostro de zombie que también volvían a la universidad. Abrí el bolso y, al darme cuenta de que tenía diez llamadas perdidas de Christian y varios mensajes en el buzón, apagué el teléfono y me puse a observar la maravillosa noche que se extendía hasta el horizonte al otro lado del cristal. Si cerraba los ojos todavía podía sentir su mano acariciando mi cuerpo y sus labios sobre los míos. ¿Por qué sentía que una parte de mí se había quedado en aquel bar?

Puntuación final de la partida:

Melisa: 69 - Killian: 45

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