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Grimmwelt University
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Hace siglos que nuestro mundo ha dejado de creer en la magia. Sustituida por la ciencia y la tecnología, los humanos han perdido la fe en los cuentos de hadas, y los finales felices son algo que ahora solo parece existir en libros y películas.

Pero hay otros mundos separados del nuestro por un fino velo que ha sido atravesado por una oscura maldición, trayendo a un recóndito castillo entre las montañas de Alemania a un gran número de personajes pertenecientes a esos mundos de cuentos de hadas.

En un lugar conocido como el Bosque Encantado, un mundo que alberga reinos de las grandes historias de los cuentos, como Blancanieves, Cenicienta, o Caperucita Roja, el Ser Oscuro, Rumpelstiltskin, ha convencido a la Reina Malvada de que los villanos no tienen finales felices en una tierra donde la magia buena siempre triunfa, y deseando obtener el suyo, la Reina Regina ha reunido a las brujas más malvadas y poderosas de los reinos, a fin de llevar a cabo ese poderoso hechizo.

Pero el mal inevitablemente atrae a las fuerzas del bien, que intentan evitarlo. A oídos del Hada Azul llegaron las intenciones de la Reina Malvada, y tras pedir ayuda a la Reina Blanca de Wonderland, convencieron a Maléfica, Reina de las Ciénagas, para dejar de lado su rencor hacia los humanos y proteger el Bosque Encantado.

Por desgracia, ni la ayuda de aquella que fue el Hada más poderosa de todas ha podido evitar los oscuros planes de Rumpelstiltskin, y el choque de la magia negra con la magia buena que intentaba evitarlo ha provocado una ola de poder tan grande capaz de atravesar no solo el espacio, sino el tiempo y las dimensiones, afectando no solo a los habitantes de aquel mundo, sino a muchos otros, e incluso a un futuro que ahora se antoja incierto.

Ahora, todos esos seres de cuento de hadas han quedado reducidos a meros humanos en nuestro mundo, encerrados en los terrenos de un enorme castillo entre las montañas, conectado con un pequeño pueblo que hace de entrada, pero manteniéndolo separado en cierta manera, con un poderoso hechizo que impide a la mayoría entrar o salir.

Pero las cosas no han salido como todos esperaban. Rumpelstiltskin puede ser ahora el dueño de todas esas tierras, pero no es capaz de abandonarlas, y el "final feliz" de la Reina Malvada ha quedado eclipsado al ver que, en lugar de estar al mando como Directora de la universidad, hay otra persona en su lugar, Maléfica. La magia de las hadas logro en el último momento modificar en parte el hechizo, y aunque la mayoría de los héroes han perdido sus finales felices, gracias a ellas mantienen su libre albedrío, teniendo la oportunidad de reencontrarse y recuperarlo.

En un mundo sin magia, donde todos creen ser personas normales, solo unos pocos recuerdan de dónde vienen, quiénes son, y la necesidad de traer de vuelta la magia a este lugar donde todos parecen haberla olvidado.

Dependerá de cada uno escoger su nuevo camino, tener el valor para recuperar la felicidad que han perdido, o comenzar de cero, mientras se pone aprueba si aún queda algo de magia que despertar en este mundo, y si los cuentos de hadas pueden formar parte de la realidad.
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Mensaje por Tarrant Jefferson el Miér Jun 12, 2019 12:11 pm

El día había comenzado bien, como un sábado normal y corriente en el que podía permitirme levantarme tarde y no salir de la cama hasta media mañana. Era uno de aquellos días en los que, nada más abrir la ventana, ver el cielo azul y notar una ligera brisa rozándote la piel, sentías la necesidad de salir y disfrutar de un momento de paz y tranquilidad antes de volver a la vida real. Así que aprovechando que debía acercarme a la farmacia del pueblo para recoger mi medicación decidí dar un paseo hasta el pueblo y pasear sin prisas. Total, en la habitación tan solo me esperaban libros y programas académicos.
Como ya era casi la hora de comer decidí afeitarme y arreglarme antes de ir a la ciudad. A saber qué pensarían los demás si me permitía salir con aquel aspecto de vagabundo harapiento. Y al tardar siempre una hora entera en afeitarme, revisar concienzudamente que no me hubiera dejado un solo cabello, decidir qué ponerme y finalmente vestirme, cuando salí eran ya las dos de la tarde. Aunque tampoco me importaba demasiado, era sábado al fin y al cabo.

No me molesté en tomar el autobús, prefería dar un largo paseo hasta la villa disfrutando del maravilloso día que hacía. Así que después de casi media hora de caminata por fin pude llegar a la farmacia, coger las medicinas y entrar en uno de los pocos restaurantes de la plaza.
A eso de cuatro de la tarde decidí volver a la universidad, el cielo estaba comenzando a nublarse y quería pasarme por la biblioteca a por un libro que necesitaba para una clase a la semana siguiente. Al llegar el autobús, porque no pensaba arriesgarme a que la tormenta me pillase en medio del bosque, pagué al conductor y me acomodé en un asiento al final de todo. Ya estaba comenzando a reclinarme y cerrar los ojos cuando una madre y su hijo se sentaron justo delante de mí, ella parecía estar demasiado inmersa en su teléfono como para reparar en mi presencia, pero el niño me observaba con curiosidad balanceando las piernas. Miré alrededor, el autobús estaba prácticamente vacío ¿por qué habían tenido que sentarse delante de mí? No me hubiera importado de no ser porque el crío parecía examinarme casi sin pestañear ¿acaso no me habría afeitado bien? ¿tenía restos de comida en la cara? Comencé a tocarme la cara intentando borrar unas inexistentes manchas, aunque aquello solo hizo que él pusiera una cara extraña.

-¿Qué haces?

Genial, ahora parecía un loco. ¿Pero por qué me estaba mirando de aquella manera? Me ponía nervioso, ¿por qué no habría podido sentarse en otro sitio? Debí de poner una cara de fastidio algo extraña porque el niño dejó de balancearse y me miró preocupado.

-Que raro eres

Aquello ya era el colmo. Me levanté dispuesto a cambiarme de lugar en el momento en el que el autobús arrancó, lo cual solo sirvió para que me cayera de culo en el asiento y la gorra se me torciera. Aquello pareció divertir mucho al niño porque comenzó a reírse hasta que su madre le regañó brevemente antes de volver a concentrarse en su teléfono.
Me recoloqué la gorra e intenté ignorarlo desviando mi mirada hacia la ventana, había comenzado a llover débilmente y no había ni rastro del sol en el cielo.

-Yo me llamo James, ¿cómo te llamas tu? -me froté los ojos con paciencia, aquello no estaba sirviendo de nada-. ¿Por qué llevas sombrero? ¿Vas a una fiesta de disfraces? -puse toda mi atención en ignorar el tic que estaba asaltando a mi ojo derecho- A mí me gustan los disfraces, sobre todo los de monstruo. ¿Te gustan los monstruos? -no sabía dónde meterme, ¿es que el autobús no iba a llegar nunca?- Mi mamá dice que los monstruos no existen, pero yo sé que hay uno en mi armario. Oye ¿los monstruos llevan sombrero? -estaba harto de aquel crío, ¿cómo debía uno comportarse en aquellas situaciones? Claramente el intentar ignorarlo no funcionaba, pero tenía el extraño presentimiento de que si abría la boca tan solo empeoraría la situación- ¿Por qué no hablas? ¿eres tonto o algo así? -aferré con fuerza la bolsa de cartón que me habían dado en la farmacia y me esforcé en no apartar la vista de la ventana.

El niño se encogió de hombros y se pasó el resto del viaje tirando del vestido de su madre y dándome alguna que otra patada. Debía mantener la compostura, no podía perder los estribos y ser borde con un niño ¿o si? ¿qué se suponía que hacía la gente cuando hablaba con críos? Al fin el autobús llegó a mi parada y pude bajarme. Incluso la lluvia, que se había convertido en toda una tormenta, parecía más agradable que la perspectiva de pasar veinte minutos más con aquel mocoso.
Sin esperar a que el vehículo volviera a arrancar eché a andar hacia la universidad, pero la lluvia era demasiado espesa y no podía ver nada, además estaba empapándome y me costaba caminar cuando mis pies chapoteaban dentro de unos calcetines chorreantes. Sabía que las residencias estaban al otro lado del campus, y que probablemente llegaría frío y tiritando, así que en cuanto vi un edificio pequeño a unos diez metros de mí comencé a correr hasta estar a cubierto. Estupendo, estaba calado hasta los huesos y comencé a sentir aquella asquerosa sensación de la tela pegándose a mi cuerpo.

De repente algo me dio un golpe en la espalda que me hizo sobresaltarme y llevarme una mano al pecho. Me giré solo para ver a un enorme caballo pardo a unos centímetros de mí. Me aparté y miré alrededor, al parecer me había metido en las cuadras, aunque ni siquiera sabía que habían unas.

-Me has dado un susto de muerte -volví a mirar y comprobé que estaba solo con los animales, al menos nadie me vería con aquellas pintas ni me juzgaría por hablar con un caballo-. Al menos tú no dirás nada si me quito la americana -la camiseta estaba completamente pegada a mi torso y la chaqueta comenzaba a pesarme sobre los hombros así que me libré de ella y la metí hecha un gurruño en la bolsa medio deshecha y rota.

Justo entonces volví a escuchar ruido en una de las cuadras. Sabía que probablemente fuera otro caballo, pero igualmente me inquieté ¿y si alguien me veía con aquellas pintas?

-¿Hola? ¿hay alguien ahí?

Ropa:
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El tiempo está de nuestra parte (Alexia Riddell) Empty Re: El tiempo está de nuestra parte (Alexia Riddell)

Mensaje por Alexia Riddell el Vie Jun 14, 2019 10:29 am

Sábado. ¿Había día más glorioso? Desde que estaba en esta escuela está claro que era el mejor de todos. Todo el tiempo estaba escribiendo, eso no lo puedo negar; escribía tanto que mi muñeca dolía un poco por el uso excesivo. El problema de ello era que lo que escribía eran apuntes y no historias, y simplemente por falta de tiempo, no por falta de inspiración.

Ideas me llegaban todo el tiempo, miraba por un momento hacia la ventana del aula de orientación y al instante imaginaba a un gato que volaba por el patio del colegio hacia un árbol, como si no hubiera gravedad y su salto lo hubiera propulsado, casi obligándolo a agarrarse de las ramas. ¡Que grandiosa historia sería esa, tengo que anotarlo para recordarlo! Me decía mentalmente y entonces me llamaban la atención esfumando aquella imagen de mi mente y obligándome a mirar de nuevo al montón de letras escritas en la pizarra que hace un segundo no habían estado y la idea se escondía en el fondo de mi mente mientras volvía a tomar nota.

Definitivamente habían sido unos días de orientación intensivos y por lo que nos habían dicho, aquello sólo empeoraría conforme comenzáramos con las clases en serio y todas las diferentes materias complementarias que debería tomar para obtener una nota decente. ¿Qué mejor motivo que la pérdida de mi libertad para decidir tomarme el día con calma?

Por esto rechacé la invitación de mi compañera de habitación para ir con ella al pueblo y en cambio decidí explorar la escuela por mi cuenta. «Este sitio no es el infierno, Alexia, tienes que darte el tiempo para descubrir eso, encontrar las historias que te cuenta o te volverás loca aquí» suspiré profundamente ante ese pensamiento. Parte de mí quería enloquecer, quizá así me dejaran por fin en paz, pero la otra parte sabía que mis padres no me permitirían enloquecer así tuvieran que traerme de regreso con la peor tortura que se les pudiera ocurrir.

Con esto en mente me arreglé con unos jeans pesqueros claros de tiro alto, unas zapatillas deportivas algo gastadas y  una blusa negra muy liviana y algo transparente con flores rojas bordadas en el frente dándole un toque más elegante y coqueto que vulgar y exhibicionista. Y tras sujetar mi melena de cabello dorado en un moño alto descuidado, me pasé por la cafetería de la escuela para ordenar un sándwich de pavo y comencé a caminar por los terrenos.

El campus estaba lleno de estudiantes, lo cual me abrumaba un poco, podía sentir las miradas de algunos de ellos, chicos y chicas, mirándome con curiosidad y eso traía un déja vú que no me gustaba nada, por lo que decidí caminar para alejarme de las aglomeraciones y conforme menos gente había, más me alejaba de los edificios y más me movía hacia los campos que rodeaban el campus, probablemente acercándome involuntariamente al pueblo y fue por esa zona que me encontré una zona llena de hierba alta y flores que parecía olvidada; era como Disneyland para mí. Corrí a internarme en la hierba que me llegaba hasta la cintura sin pensar en qué bichos habría ahí y tras un poco de caminar entre la hierba pude ver un “claro” de hierba apelmazada que tenía el tamaño suficiente como para que me acostara sin problemas sobre él… me recordó a un nido de un ave. Inevitablemente vino a mi cabeza la imagen de un ave enorme que me invitaba a cenar con ella y su polluelo, esta ave era similar a un dodo pero éste era azul y enorme, tenía una pala en lugar de pico y las patas altas de una garza.

Me senté en la hierba y miré a mí alrededor, podía imaginar al ave presentándome un plato de algo sin forma y yo rechazándolo informándole que tenía un sándwich de pavo. En mi cabeza, el ave no se tomaba nada bien mi elección de almuerzo: un ave no puede ser comida en su nido, por lo que terminaba persiguiéndome. Sonreí y saqué de mi mochila mi libreta. Eso lo tenía que anotar para una historia a futuro. Sabía que mis padres se habrían mirado mutuamente, nerviosos y me habrían forzado a reprimir ese pensamiento inofensivo, como si el que yo dijera algo divertido o raro fuera un crimen, antes de decirme que ya no tenía edad para esas cosas.

—¡Qué mundo miserable sería este si hubiera un límite de edad para pensar en esas cosas!— me lamenté suspirando con tristeza. No. «No puedes dejarte entristecer por eso, sonríe y dále vida en tu libreta— podía imaginar perfectamente al ave que venía a mi cabeza, casi tan bien como si de verdad pudiera verla frente a mí, por esto me tomé el tiempo, después de escribir el trozo que necesitaba una historia para tener vida realmente, de bosquejar al ave con las pocas habilidades de dibujo que tenía para que no se me olvidara. Tras eso me tomé una pausa para comer. No sabía cuánto tiempo llevaba fuera pero podía ver las nubes oscurecer el sol lo suficiente para darle un aspecto algo siniestro a la lindera del bosque que había no muy lejos de donde estaba, separado de mí sólo por una cerca elegante y bien cuidada. Y aunque el bosque lucía aterrador, algo me hizo levantarme y acercarme a la cerca, como si me llamara la curiosidad al punto de no poder evitar acercarme. Pese a toda una ansiedad extraña me recorrió, similar al desagradable déja vú que había tenido antes.

Me abracé a mí misma frunciendo el ceño, casi podía escuchar el viento silbando entre los robustos árboles del bosque como una voz ajena a mí y muy tenue, difusa por la distancia… o el tiempo, que susurraba algo.

(Tarde… tarde… que tarde es…)

Las palabras extrañamente claras y a la vez tan difusas que parecían de otro mundo, me dieron un escalofrío tal que cuando la primera gota de lluvia me tocó, brinqué en mi lugar girándome para asegurarme que no hubiera un monstruo justo detrás de mí. Por supuesto, yo estaba sola en medio del campo… el campo. ¡Dios! ¿En qué dirección quedaba el camino principal? Sólo había un edificio a unos doscientos metros de mí. «¡Lo volviste a hacer Alexia! Te has perdido justo cuando comienza a llover» intenté evitar mirar hacia el bosque y fui por mi mochila y mi libreta antes de comenzar a caminar hacia el edificio. La llovizna dio paso rápido a una lluvia hecha y derecha y tuve que correr el resto del camino.

El edificio había resultado ser una caballeriza, probablemente estaba cerca del campo de equitación, eso era bueno, no estaba perdida del todo, sólo… desubicada. «Y empapada» Efectivamente, había logrado empaparme en el camino y por lo que veía, la lluvia no haría más que empeorar. Suspiré con desgana, no quería quedarme tan cerca del bosque, no podía deshacerme de esa sensación extraña que no podía ubicar, el viento entraba con fuerza por la entrada, haciendo que mi piel se erizara. Para nada era por el recuerdo de esa extraña voz hablándome. Así que me abracé a mí misma y me refugié en una de las cuadras vacías desde donde no podría ver el bosque y el aire no me mataría de frío. Parecía un cubículo destinado a almacenar la comida de los caballos porque tenía unas cuantas pacas de paja amontonadas.

Tomé una de las pacas solitarias como un escritorio improvisado para revisar los daños que el agua había hecho en mi libreta, sacudiéndola y maldiciéndome por no haber pensado en meterla en mi mochila para protegerla un poco más cuando menos, pasé las hojas soplando un poco las esquinas, que parecía ser la zona más dañada y la dejé abierta en el boceto del dodo-pala; era la zona más fresca por lo que la que requería más aire que el resto. Y procedí a quitarme las zapatillas para que éstas también pudieran secarse un poco mientras la lluvia pasaba… y esperando me quedé dormida sobre la paca que había fungido de escritorio improvisado.

Fue una voz la que me hizo despertar, no estoy segura de sí estaba en mis sueños o volvía a escuchar voces que no estaban ahí. Me tomó un momento darme cuenta de dónde estaba, extrañamente me sentía muy descansada y no pude evitar la tentación de estirarme sonoramente, alzando los brazos y encorvando la espalda. ¿Cuánto tiempo había dormido? No tenía idea. Sólo cuando la voz volvió a sonar fue que me di cuenta que no estaba sola. Alguien debía haberme escuchado, por lo que me apresuré en ponerme de pie y asomarme por la puerta de la caballeriza, con la mala puntería de que pisé el rastrillo que se usaba para separar la paja justo cuando iba a salir.

— Sí, yo… ¡Auch!—, brincando por el dolor repentino fue como salí, sólo para resbalarme con la paja suelta que había en el suelo y terminar de bruces en el suelo. «Y esa es la gran entrada, felicidades Ale suspiré sin idea alguna de qué decir para quitarle lo incómodo a la situación y por eso, aún sin levantar la cabeza intenté responder a la pregunta que la voz había hecho antes.

—…yo estoy…— levanté la mirada con una sonrisa que se me congeló en cuanto mis ojos pasaron de un pantalón de vestir mojado a unos abdominales marcados y la voz se murió gradualmente —…aquí— sentía mi rostro tan caliente por el rubor que comenzaba a pensar que me enfermaría por la lluvia y me forcé a levantar la mirada hacia el rostro del hombre, ¿lo había visto? Seguramente, me sonaba tan… familiar. ¿Alguna de las clases de orientación? Probablemente, pero no podía ubicarlo, era como si sólo pudiera mirar su rostro y sonreír con cierto nerviosismo, mi cabello estaba lleno de la paja que se le había quedado pegada mientras dormía recargada en la paca de antes, al igual que en mis flores bordadas en la camisa.

—¡Hola! yo… supongo que la lluvia te ha tomado por sorpresa a tí también, ¿eh?— eso, Ale, tu finge que esto es casual y listo. Lo tuteé porque seguramente si se daba cuenta que no recordaba dónde había visto esas abdo… ¡ese rostro! «concéntrate Alexia, que no estás dando pinta de ser ni un poco decente», seguramente sería más incómodo. Sonreí con timidez y traté de incorporarme pero sólo entonces noté el corte que el rastrillo me había hecho en la planta del pie y con un nuevo quejido me quedé sentada, doblando las piernas hacia un lado como si ese fuera el plan desde el inicio.

— Es decir… no es que caminar bajo la lluvia no sea un pasatiempo perfectamente razonable como cualquier otro, claro— agregué encogiéndome de hombros y eso lo decía muy en serio, después de todo, ¿quién era yo para juzgar cuando había pasado la tarde comiendo un sándwich de pavo en un nido hecho de hierba alta imaginando que un polluelo y su madre me habían invitado y luego se habían ofendido por mi comida? Por lo menos no había caído sobre él, sólo eso me había faltado y de hecho… para mi suerte, había estado muy cerca de que pasara.

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Mensaje por Tarrant Jefferson el Vie Jun 14, 2019 6:27 pm

No tenía nada en contra de los niños, en serio, pero aquel había conseguido sacarme de mis casillas. Además, ¿qué madre dejaba que su hijo hablase con un desconocido de aquella manera? y luego decían que yo era el loco. Al menos había podido salir del bus antes de que mi espinilla se llevase demasiados golpes de aquel crío. Ya estaba más cerca del fuego que me esperaba en la habitación y de mi cama. La única pega era aquella tormenta que parecía arreciar y casi no me dejaba ver por dónde pisaba.
Al final tuve que meterme en el primer edificio que pude distinguir, que por desgracia estaba bastante alejado de la residencia. Una vez pasado el sobresalto que me provocó aquel caballo y de cercionarme de que estaba solo decidí quitarme la americana. En circunstancias normales nunca dejaría que nadie me viera completamente empapado y con una camiseta blanca pegada a mi torso, pero la chaqueta comenzaba a pesarme y parecía estar solo con los animales así me permití aquel pequeño lujo. Ya estaba bendiciendo mi buena suerte cuando, de repente, escuché un ruido que me hizo ponerme alerta. ¿Había alguien conmigo?

-¿¡Estás bien!? -acababa de salir una chica de la nada que había acabado resbalando hasta darse de bruces con el suelo.

Noté la forma en la que comenzó a examinarme de pies a cabeza. Lo sabía, estaba pensando que no era propio de un profesor vestir así, pero es que la lluvia me había pillado desprevenido y no había podido hacer otra cosa que correr. Comencé a bajar la vista avergonzado hasta que vi la forma en la que se sonrojaba al verme la camiseta. Mi primer impulso fue quitarme la gorra, que seguía chorreándome, y cubrirme parcialmente el cuerpo con ella.
No quería pensar en lo que parecería, en el tremendo malentendido que aquella chica tendría en la mente. Quería explicarle que no había planeado quedarme mojado ni parecer uno de aquellos hombres que posan semidesnudos para las revistas. Una serie de pensamientos inconexos comenzó a asaltarme la mente. ¿Y si iba al consejo estudiantil y me denunciaba por insinuación a una alumna? Claramente no tenía aspecto de profesora y parecía demasiado joven para ser jardinera, secretaria o algo por el estilo. ¿Qué pasaba si me reconocía e iba propagando el rumor de que acostumbraba a encerrarme con estudiantes?

Entonces sus ojos se clavaron en los míos y mi cerebro pareció hacer un click extraño. Comencé a sentir aquella sensación de vértigo que precedía a todas mis alucinaciones y sentí que la realidad se derretía y comenzaba a fundirse. Contuve mi primer impulso de agarrarme la cabeza y el segundo de agarrar el tarro de pastillas que guardaba en la bolsa a quince centímetros de mí. En su lugar comencé a pestañear hasta que el mundo comenzó a recuperar sus colores y tan solo veía unos marcos oscuros y algo difusos alrededor de todo.
Aquello no podía ir a peor. Suspiré y volví a mirarla pero delante ya no tenía a una muchacha con tejanos, sino a una chica de largos y sueltos cabellos rubios ataviada con un vestido azul sucio y raído.

-Si yo… si -por mucho que me esforzaba no conseguía que aquel efecto remitiera. ¿Qué narices significaba aquello?

Me levanté dándome la vuelta intentando ganar tiempo para hacerme a la idea de lo que estaba pasando. ¿Por qué a mí? ¿por qué tenía que pasarme aquello ahora? Volví a girarme hacia ella pero, en lugar de aquella muchacha de azul vi a una chica llena de paja y con una camiseta semitransparente de la que aparté los ojos cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo. Tenía que conservar algún rastro de decencia.
Comencé a fijarme en su cara. La verdad es que me sonaba mucho, ¿la conocía de algo? Ella parecía tratarme con familiaridad así que sin duda la había visto antes, ¿pero dónde?. Claramente era estudiante ¿la tenía en una de mis clases?. Y justo en aquel momento se me encendió una bombilla, era una de mis alumnas de la clase de introducción a la psiquiatría.

Noté que intentó incorporarse y, reprimiendo una mueca de dolor que sin embargo no logró ocultar completamente, volvió a sentarse en el suelo como si aquel hubiera sido su objetivo desde el principio. Pero no me engañó, tiré la gorra dentro de la bolsa y volví a arrodillarme frente a ella. Alargué una mano hasta cogerle delicadamente el tobillo, pero al darme cuenta de lo inapropiado de la situación lo solté rápidamente.

-Eh…-diablos, sabía que se llamaba algo así como Alexa o Alexandra, pero no lograba recordarlo del todo-. ¿Te importa si le echo un vistazo? Sé que no soy de esos médicos… pero tengo nociones básicas de medicina -¿Estaría encontrando aquello tan vergonzoso como yo?-. Es decir… si no te sientes incómoda ni nada parecido.

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Mensaje por Alexia Riddell Ayer a las 5:56 am

El mundo está un poco loco. Sólo así se explicaba que pasara de un sábado perfecto a un diluvio universal, y de pasear por los campos tranquilamente como en una tarde de verano, a buscar desesperadamente el primer refugio disponible y la cereza sobre el pastel: caer de bruces con trozos de paja aquí y allá, frente a un profesor. Un profesor que estaba como un mango bajo esa camiseta empapada que se transparentaba y se le pegaba a esas abdominales.

Tartamudeé con nerviosismo intentando recordar de qué me sonaba tan conocido, no era sólo que lo hubiera visto antes es que se sentía tan… familiar, algo en su mirada era familiar y no sabría decir el qué.

—Estoy… bien, creo— comenté débilmente, francamente no estaba segura y entonces vi que él palideció un poco, con la mirada un tanto perdida, como mirándome sin observarme realmente, parpadeando repetidas veces. «¡Genial, Alexia, seguro lo golpeaste!» —¿Tú estás bien? No me dí cuenta que te empujé al caer… lo lamento— murmuré por lo bajo, quizá demasiado bajo para que me escuchara justo cuando se levantó y se dio la vuelta. «Sí que lo golpeé, que desgracia» me llevé una mano a la cabeza suspirando con desgana y fue ahí, cuando una paja me pichó la mano, que me di cuenta que debía estar hecha un desastre.

—¡Dios! Pero si estoy llena de paja, que horror— murmuré para mí misma, mis mejillas ardían con fuerza cuando levanté la mirada y lo atrapé examinándome y eso sólo incrementó el calor en mi rostro. ¿Biología? No…. ¿Anatomía? Ya quisiera yo… pero no. ¡Era terriblemente despistada! ¿Cómo podía olvidar un rostro como ese? Desvié la mirada al sentir como una paja me pinchaba en un costado de la camisa, quitándomela con cuidado de no hacer un hoyo en la camisa, me sentía como un mono espulgándose pero era poco lo que podía hacer dado que no me podía levantar de momento.

Y entonces al girarme para ver al hombre me lo encontré cerca de mí, arrodillándose frente a mí y sin su gorra podía ver esos intensos ojos azules suyos que me dejaron sin aliento, sólo entonces lo ubiqué…. El profesor de Psiquiatría, claro… ¿cómo había podido desconocerlo así? «Estás loca, Ale, sólo así es posible. Eres una loca despistada, eso no es novedad» Lo observé tomar mi tobillo y luego soltarlo en el acto, aquello y su mirad nerviosa me hicieron sonreír, no con timidez o nerviosismo, sino verdaderamente. Sólo entonces me dí cuenta de que había dejado de respirar y supiré para recobrar el aliento.

—Adelante, debes… debe, tener más conocimientos que yo al respecto— asentí a su pregunta y moví la pierna más cerca de él para facilitarle verla. Sonrojándome nuevamente, probablemente debía estarse preguntando porqué una alumna lo tuteaba de ese modo cuando él no sabía ni su nombre.

—Soy Alexia, yo… quizá es mal momento para hacerlo pero… ya sabe qué dicen: mejor tarde que nunca— me encogí de hombros y bajé la mirada de nuevo con timidez.

—Yo… suelo usar zapatos, ¿sabe? Pero estaban mojados. La… lluvia me sorprendió— era un comentario algo obvio pero, viendo mi primera gran impresión y mi peinado de paja ultra de moda ya podía pensarse que yo era una hippie que le iba eso de ir descalza por la vida… que no estaba del todo mal para el campo y eso, por supuesto. Mi corazón latía con fuerza y extrañamente me recordó al tic-tac de un reloj… un grande reloj que intentaba salirse por mi garganta, por lo que decidí que lo mejor era guardar silencio y dejar que me revisara. Mis ojos vagaron de sus manos a sus abdominales y buscando una vía de escape fueron a parar en la bolsa semi destrozada en la que había arrojado la gorra que usaba.

—Me gusta…—  pensé en voz alta y cuando me dí cuenta el color volvió a mis mejillas con tal fuerza que creí que me volvería un derivado de la familia de los tomates. Él no había visto hacia donde miraba y eso sonó raro por lo que me apresuré a corregir —La… la gorra, es bonita. Espero que no se arruine con el agua— claro que sí, no podía aconsejarme guardar silencio porque tenía que ignorarme olímpicamente, ¿y qué hacía? Pues meterme en más vergüenzas, claro que sí.

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